sábado, 11 de octubre de 2008

prisiones

“No puedo comprender lo que sería una libertad que me fuera dada por un ser superior. He perdido el sentido de la jerarquía. No puedo tener la libertad sino el concepto de prisionero o del individuo moderno en el seno del Estado. La única que conozco es la libertad de espíritu y de acción. Esta privación de esperanza y de porvenir significa un acrecentamiento en la disponibilidad del hombre”.


Albert Camus

MEMORESCENCIAS 58

Vaya vaina, gallego, eres mejor de lo que pensaba, se la vamos a meter a los yanquis por el culo con vaselina, ni se van a enterar.
Sabes, chamo, se va a montar una bien chévere. Después haremos una nueva gira, o mejor los invitamos a ellos, ya veremos, para saber cómo andan los ánimos y crear un fondo definitivo que mantenga bien ocupados a esos coñomadre. Seguro que van directos a por Alá, así que habrá que proporcionarles un demonio islamista y barbudo, malo entre los malos, je, je, je.
Con un poco de suerte, además de salir ilesos los mandamos a la bancarrota económica y política. Esas guerras tan largas cuestan mucho dinero y algunos muertos, los suficientes para apearlos de la Casa Blanca. Con los demócratas en el poder siempre lo tendremos más fácil, gallego.
Venezuela, Latinoamérica dirigiendo su propio destino. Estamos haciendo historia, chamo, no vayas a olvidarlo. Ahora nos toca mancharnos de sangre las manos, pero dentro de diez años seremos héroes aclamados por ayudar a derrocar el imperio más poderoso que ha existido sobre la tierra, capaz de volar en pedazos el planeta diez veces.
Ya va siendo hora de que dejen de meter las narices en todas partes y dirigir los destinos de todo dios, chamo. Suerte tendrán si no se quedan más solos y bloqueados que el polo ártico.
Y ahora tómate unas vacaciones, chamo, ve a ver a los viejos, que andan preocupados por ti, no hacen más que joderme a preguntas por teléfono y yo con excusas y aplazamientos sobre tu regreso porque no podía contarles nada.
La mano no, pana, un abrazo, un abrazo, vaya con el gallego de los cojones, ja, ja, ja…
¡Eh, chamo, qué tal te fue con la catira esa, cómo se llama… ja, ja, ja!...
Así era el loco de bola del general. No sabía que un par de años después le devolverían el golpe de estado los conservadores, con la patronal y la cia por medio, y que le costaría unos cuantos muertos propios consolidarse plenamente en el gobierno de la nación, pero su personalidad y la ventaja popular que le dieron todo el atajo de ladrones que poco a poco logró borrar del escenario político y militar jugarían en el futuro a su favor. Siempre confié en ello.
Salí del despacho del general en Miraflores y tomé un taxi para el aeropuerto de Maiquetía. Tenía ganas de volver a Maracaibo, a mi casa. En aquellas estancias sentía la presencia de mi mulata como algo vivo. Ya me había acostumbrado a esa transparencia que me acompañaba hasta los jardines y se sentaba a mi lado en el atardecer, mientras me tomaba un ron helado con el viejo, a la sombra amable del araguaney que había plantado el abuelo holandés. Mi suegro me miraba de reojo y sonreía. Nunca hablamos de ello, pero creo que también él notaba su presencia.

viernes, 10 de octubre de 2008

definiciones


"Anarquista es, por definición, aquél que no quiere estar oprimido y no quiere ser opresor; aquél que quiere el máximo bienestar, la máxima libertad, el máximo desarrollo posible para todos los seres humanos."




MEMORESCENCIAS 57

Estaba casada, la catira. Su marido, un dentista bien instalado en las dentaduras de la clase media caraqueña, pagaba el alquiler de un pisito, la manutención y los caprichos de una jovencita de dieciocho años que se había ido de casa embarazada, harta de que su tío, el hermano mayor de su padre, se la cogiera a la mínima oportunidad desde los trece. Y claro, un tipo casado.
La morenita, más bien negra zulú, que decía ella, al parecer estaba muy buena. El dentista, en plena actividad sexual a sus cuarenta, cuando ésta le contó su vida entre empaste y mamada, no me pagues, cariño, ya lo arreglamos, no se lo pensó dos veces y aprovechó la oportunidad para consolarse de las largas ausencias de su esposa, tan ocupada salvando a la patria, que decía él.
La catira, a cambio, señora discreta en su casa pero más aventurera, follaba a todo tren con quien le prestara un poco de atención durante sus viajes.
De modo que habían encontrado un punto de equilibrio para mantener su matrimonio y compartir el cuidado de sus dos hijos, gracias también a la mucama arubense que atendía la casa, y los niños durante su ausencia.
Era menuda y bajita, poco más de metro y medio, pero con aquellas piernas color canela, sus caderas imposibles para una madre de treinta y cinco, rematadas con una cintura de avispa, y sus pezones mirando al cielo en un par de tetas bien armadas, podía volver loco a cualquiera. Una larga cabellera rubia coronaba su cuerpo.
Yo le sacaba casi treinta centímetros y le doblaba el peso. Era como follarse a una barby. Cuando la levanté del suelo y le arremangué la falda de tubo, descubrí con sorpresa que no llevaba ropa interior. Pedazo de golfa, has venido preparada. Muy preparada, me contestó mientras se colgaba de mi cuello y me metía la lengua hasta la tráquea. Aquello me produjo una erección instantánea.
Miré alrededor. Se escuchaba la voz del guía y todos parecían bien atentos a su disertación. Saqué la polla y sentí cómo buscaba la punta para ensartarse en ella. Se descolgó despacio, centímetro a centímetro, lubricando mi pene en su bajada y reprimiendo unos dulces grititos que casi eran audibles.
Asomé de nuevo la cabeza, pero afortunadamente nadie miraba hacia atrás.
Estaba muy excitado. Sabía que si empezaba a moverme iba a eyacular en un momento, así que la dejé hacer.
Ella subía y bajaba, sin prisa, como olvidada de donde se encontraba, y yo empecé a ponerme nervioso. En cualquier momento podían venir hacia nosotros, pues el recorrido era casi circular y no muy lejos se encontraban un par de sarcófagos secundarios, posiblemente los del arquitecto y su mujer.
Así estuvimos un buen rato, hasta que no pude resistir más la tensión. Te dije un polvo rápido, le susurré al oído. Seguidamente la tomé por la cintura, me apoyé contra la columna y le di la vuelta. Le tapé la boca cuando intentó protestar y se la metí en el culo hasta las bolas. Con media docena de empujones tuve bastante.
Cuando la posé en el suelo noté una especie de bruma que se había levantado a media altura. No cabía duda: con tanta actividad, el polvo de los muertos se había levantado y estaba impregnando nuestros genitales, mezclándose con nuestros fluidos. Cuando se lo dije, los dos comenzamos a reírnos escandalosamente.
Retocamos nuestra ropa y aparecimos ante unos turistas que ya se acercaban a nosotros y nos miraron sonrientemente sorprendidos.
La catira era generosa, pero se había quedado caliente como una burra. Llegados al hotel, antes de bajar a comer, terminamos la faena. Ella me miró después agradecida. Los dos sabíamos que entre nosotros nunca habría nada más que buen sexo.

jueves, 9 de octubre de 2008

concesiones

‭“‬El orden político descansa en dos principios conexos,‭ ‬opuestos e irreductibles:‭ ‬la autoridad y la libertad...‭ ‬ni la autoridad ni la libertad pueden constituirse aparte,‭ ‬ni dar origen a un sistema que les sea exclusivamente propio‭; ‬lejos de esto,‭ ‬se hallan condenadas a hacerse perpetuas y mutuas concesiones‭”.

Pierre-Joseph Proudhon

MEMORESCENCIAS 56

No sólo había leído las dos biografías de Simón Bolívar, imprescindibles para el desarrollo de mi nuevo trabajo. En esa época, en la época en que me incorporé a la política activa venezolana, conocí gente muy interesante que enseguida me recomendaron algunos autores que habían descifrado e impreso las claves de la construcción, apogeo e incipiente caída del Imperio. De entre ellos quiero destacar al uruguayo Eduardo Galeano y al norteamericano Noam Chomsky, una visión externa y otra interna, ambas de incuestionable crédito e indudable valor para comprender la política exterior norteamericana y las nefastas consecuencias de su aplicación para el resto del mundo.
La campaña de colonización económica e ideológica iniciada con la guerra fría para combatir al ideario marxista que se propagaba rápidamente en las sociedades europeas tras la derrota del fascismo e incluso en su propia casa en los sectores más desfavorecidos, se extendió como un manto protector sobre las jóvenes democracias necesitadas de dólares para la reconstrucción de sus países en ruinas en el caso europeo, o para salir airosos de una crisis que se había enquistado desde la caída del capitalismo en el veintinueve, en la sociedad norteamericana, aquello que llamaron, eufemísticamente, la gran depresión. Pero los deprimidos fueron ellos. Algunos hasta el suicidio.
Países deudores y sectores sociales propios agradecidos por la pronta recuperación económica, harían la vista gorda o mirarían asqueados para otro lado mientras el gigante basaba su modelo económico en la explotación salvaje de los recursos del tercer mundo, a costa de condenar al mismo a la miseria y al gobierno de sanguinarias dictaduras instauradas para asegurar los beneficios rápidos de sus empresas transnacionales. Todo ello bajo el amparo de la divina democracia y la excusa de una lucha contra un comunismo que no dudaron en demonizar, a pesar de haber sido en la guerra su aliado. El nuevo césar era también un nuevo dios.
Pues bien, quedaba claro que se habían enriquecido fraudulentamente, a costa del sacrificio ajeno, y que no parecía afectarles en absoluto vivir de espaldas a la realidad, mineralmente ensimismados como las torres gemelas, cegados por el resplandor de su codicia en el espejo, mientras creciera su bienestar y engordaran sus inversiones. Y así durante casi cincuenta años. Ciertamente, necesitaban que les abrieran bien los ojos.
Habíamos terminado en Irak por el momento. Nos reuniríamos al cabo de seis meses para cerrar la operación y fijar la fecha. Le dije a mi secretaria que comprara un par de billetes para El Cairo, donde haríamos una escala técnica antes de regresar a Caracas. Técnica y de placer, porque hacía un par de meses que aquella catira de labios prominentes, casi africanos, me comía las pelotas. Y además, todavía no había visitado las pirámides. La catira trabajaba para el servicio de inteligencia venezolano y le gustaba vivir peligrosamente. Era fácil que no objetara nada si le proponía un polvo rápido levantada contra alguna columna, escondidos del guía y los turistas, en la penumbra de una de aquellas tumbas de otro imperio. Un polvo grandioso, aderezado con el polvo de los huesos de algún dios milenario, sacrílegos malditos si nos pillan. Seguro que se pondría a cien. Yo casi me corría de sólo pensarlo.

martes, 7 de octubre de 2008

límites


“Donde comienza el Estado termina la libertad del individuo, y viceversa.”




Bakunin

MEMORESCENCIAS 55

Cuando el general completó su periplo yo me quedé en una Bagdad en proceso de reconstrucción, una reconstrucción casi imposible debido al bloqueo estadounidense.
Otra vez tres. Otra vez tres frentes de trabajo, pero esta vez me tocaban los tres: el objetivo militar, el político y el de la sociedad civil. Los dos primeros totalmente claros, nada más simbólico y representativo que el Pentágono y la Casa Blanca. Para el tercero me ayudaron los paseos manhattanianos de mi llegada al nuevo mundo unos años atrás, pero sólo para confirmar la evidencia: las dos torres gemelas resaltaban en cada fotografía de prensa o en cada fotograma de película como el símbolo de una fértil economía ensimismada, mirándose en el espejo de su poderosa ostentación. Toneladas de acero y cristal reflejándose como en un agua límpida que filtrara el rojo y el negro de su fluir, el negro mineral de los hidrocarburos y la roja sangre vertida para enriquecer las arcas de las compañías que aquellos edificios albergaban.
Los cálculos estructurales definían una y otra vez las consecuencias del impacto dependiendo del peso depositado sobre sus cimientos. Si el ataque se hacía muy abajo, las torres caerían inclinadas y el efecto dominó de su caída provocaría daños imprevisibles. Por el contrario, si se hacía demasiado arriba los aviones quedarían empotrados en el hormigón y sólo sufrirían daños, al margen del impacto, los pisos superiores que lograra alcanzar el fuego. El peso no sería suficiente y los edificios se mantendrían en pie. De modo que había que elegir muy bien la altura del impacto para que las torres se derrumbaran sobre sí mismas y el daño fuera controlado. Al final salió bien.
Los pilotos se formarían en algún país europeo y sus pasaportes deberían ser también europeos, reales si era posible.
Volvía de nuevo a matar, esta vez a gran escala y en la sombra. En mi interior se desataban sentimientos encontrados. No todo fueron dudas y remordimientos. También la venganza y el deber cumplido merodeaban dentro de mí, así como un extraño regocijo, que quizá proviniera de la sensación de poder que emanaba del acto, del control que sentía sobre mi propia capacidad de acción, un poder que sobrepasaba los límites de mi entorno, de mi vida cotidiana, y parecía extenderse sin limitación alguna. Recordé el libro que había leído, "la erótica del poder", y comprendí la razón por la que algunos hombres lo prefieren al sexo, o lo utilizan cuando se acaba éste. Sentía correr dentro de mí la adrenalina. Estaba vivo. Tras un año sin ella, sin amor, una emoción que nuevamente se mezclaba con la muerte, volví a recuperar mi plenitud y a sentirme otra vez el héroe exterminador que había sido. Y siempre por amor. O por su ausencia.

sábado, 4 de octubre de 2008

fuerzas

“Nosotros somos el fuego, el capital es el bombero. En términos más tradicionales: la única fuerza de producción es la fuerza creativa del hacer humano, y las relaciones capitalistas de producción luchan todo el tiempo para contenerla”.


John Holloway

MEMORESCENCIAS 54

En agosto del dos mil , una vez aprobada la nueva constitución a su medida, el general me pidió que le acompañara en una gira por los países de la opep, una coartada que nos permitiría entrevistarnos con la mayoría de los líderes de oriente medio, incluido Saddam Hussein.
La guerra del golfo había despertado el odio de los países islámicos sin relaciones con Washington y suscitado serias dudas en los aliados de la zona sobre la lealtad del Imperio: Irak había sido su socio durante muchos años. Un país occidentalizado a marchas forzadas por un dictador sin escrúpulos, armado y entrenado por el ejército norteamericano, aliado en la guerra contra Irán por el control de los pozos, se veía de repente en desgracia, aniquilado hasta la destrucción total y enviado de nuevo a la edad media. Y eso le podía pasar a cualquiera. Sólo por el control del petróleo.
Si en algo estaban todos de acuerdo era en la excesiva presión ejercida por Estados Unidos para controlar su mundo, no sólo su petróleo, sino sus costumbres milenarias y hasta su propia religión, y en que no resultaría difícil darle una vuelta de tuerca a sus relaciones para hacer esa presión insoportable y enfrentar a los sectores islámicos integristas de todo el área contra un potencial enemigo de dios, empeñado en masacrar a sus hermanos.
Es decir, que al igual que en américa latina se habían pasado con el control político y económico tras la segunda guerra mundial y colocado en el poder a marionetas manejables para que sus empresas medraran y saquearan las materias primas de medio continente sin pagar impuestos, ahora se estaban pasando en oriente medio y era necesario darles una buena lección con el inicio del nuevo milenio, necesitaban que el pueblo norteamericano abriera los ojos, conociera las consecuencias de los manejos de sus políticos y comprobara en carne propia el odio que sus dirigentes habían generado en esa parte del mundo.
Se creó un fondo común. Los islamistas pondrían los mártires y los bolivarianos la estrategia. Sólo faltaba designar los objetivos, unos objetivos simbólicos que demostraran hasta qué punto eran vulnerables a pesar de poseer la mayor y más destructora maquinaria bélica que cualquier imperio haya soñado en el curso de la Historia.




miércoles, 1 de octubre de 2008

eslabones


“El eslabón más débil de una cadena es el más fuerte: puede cortar la cadena” .


Stanislaw Jerzy Lec

lunes, 29 de septiembre de 2008

MEMORESCENCIAS 53

Si fui un testigo privilegiado de la Historia o si la historia me utilizó como testigo, eso nunca lo he sabido y nunca lo sabré con la certeza de una sabiduría explícita.
Sólo puedo decir, sumergido en el vaho de mis recuerdos, que lo que sucedió era lo auténticamente necesario.
Ganar las elecciones sólo había sido el inicio de un proyecto de tal envergadura que me sobrepasaba, que rebasaba los límites del simple aunque tenaz orador en que me había convertido.
Alguien, no sólo yo, debía estar metido hasta la médula y guiar los pasos del general como a un ciego sin perro y sin bastón.
Mirando hacia el pasado, me veo envuelto en toda esa maraña de acción y reacción y me parece imposible que saliera tan bien.
En un momento dado, sin que nadie me contara lo que estaba sucediendo, me pensé iluminado, descifrando un enigma que muy pocos hemos podido resolver.
Si estaba o no de ese lado carecía de importancia, porque lo que iba a suceder nada tenía que ver con mis ideas y apenas algo, como asesor político, con mi capacidad de decisión.
Al principio lo encontré maquiavélico y en cuanto le di un par de vueltas se me antojó genial.
Caído el Muro de Berlín, comprado el gobierno ruso hasta la más irrisoria indecencia, necesitaban un nuevo golpe para que los fundamentalistas cristianos, los petroleros de Texas, las multinacionales armamentísticas del país y todos los grandes ganadores del gran sueño americano encontraran otro pretexto con el que seguir inflando sus cuentas.
El comunismo, como enemigo de la patria, había quedado obsoleto. Nadie podía derivar un puto dólar de los impuestos de los contribuyentes contra un enemigo invisible sin ofrecerle complejas, si no increíbles, explicaciones al Senado.
De modo que necesitaban inventarse otro enemigo.
Por otro lado, el general sabía que no podía llevar a la práctica una revolución bolivariana, una eficaz y triunfalista proliferación patriótica y geográfica de sus ideas andinocomunistas, con los vaqueros yanquis pisándole los talones. También él necesitaba proporcionarle a los gringos una nueva causa por la que luchar.
Y ahí era donde entraba yo: en la creación de ese nuevo enemigo, un enemigo irreconciliable que durara lo suficiente y fuera tan cruel como para hacer que los estadounidenses se olvidaran totalmente del primero, del enemigo de siempre, e instauraran en sus mentes, en sus almas, en sus vidas, un nuevo odio con el que justificar miles de millones de dólares destinados principalmente al control del petróleo en el mundo y al desarrollo imparable del sistema armamentístico, un tanto desactivado con el desmarque ruso de la guerra fría y aeroespacial, es decir, destinados a reactivar el crecimiento de sus empresas, las mismas empresas que habían pagado las últimas campañas republicanas y los habían instalado como inquilinos perpetuos en la Casa Blanca.
Y qué mejor enemigo para unos putos fundamentalistas cristianos, que otros putos fundamentalistas islámicos. Decidimos regalarles una guerra santa.
Las relaciones del general con la opep, de donde procedían esos colegas islámicos en la sombra, le permitieron aprobar y cofinanciar un plan diabólico, pero infalible para despejar su camino, porque los monoteístas no pueden presentar a sus ciudadanos dos diablos a la vez, han de ser consecuentes con sus ideas religiosas en una guerra santa.
Estuve allí, no sólo como testigo, sino como agente esencial en la elaboración de un plan y de una acción que cambiaría el curso del Imperio, el curso de la historia sociopolítica del globo.
Si en aquel momento sentí cierto reparo antes y algún remordimiento después, hoy miro hacia esa página tan atroz como desconocida de la Historia y me siento feliz de haber estado allí y haber contribuido un poquito, a pesar de las víctimas inevitables de cualquier guerra, a desmontar la prepotencia invasora y asesina de ese imperio económico y equilibrar las relaciones humanas en nuestro planeta.

domingo, 28 de septiembre de 2008

cínicos


“La historia es indefendible. Reaccionemos ante ella con la inflexible abulia del cínico, o sino, pensemos como todo el mundo, caminemos con la turba de los rebeldes, de los asesinos y de los creyentes”.


Emile Cioran

MEMORESCENCIAS 52

No me fue difícil conseguir la información de la plataforma. Envíos a mi propio fax y maletines portando planos a horas intempestivas eran cosa frecuente en mi trabajo, una parte del cual realizaba en casa habitualmente. De manera que fue sencillo burlar la vigilancia estadounidense, que por otra parte no tenía razones para dudar de mi fidelidad. El general me proporcionó una fotocopiadora especial para los planos grandes, que instalaron dos hombres de su equipo en mi propia casa. En un par de semanas o poco más terminamos la operación. Teníamos la información necesaria para montar una plataforma entera y cuidar de ella durante muchos años. Protocolos de emergencia y direcciones de suministradores norteamericanos, más los europeos que añadí de mi propia cosecha, completaban el trabajo.
Los lazos con el general se fueron estrechando y cada cierto tiempo me llegaba una invitación para alguna fiesta, donde me iba presentando personas de su esfera política y militar.
Las condolencias por mi mulata fallecida fueron seguidas rápidamente por sugerencias y presentaciones de nuevas bellezas. No es bueno que el hombre esté solo, me decía, como un mensajero bíblico.
Tenía don de gentes. Extrovertido y audaz para las relaciones sociales, con un lenguaje llano y a la vez elocuente, muy pronto destacó en su órbita como el político populista que necesitaban para ganarse la confianza del pueblo y de los residuos de una izquierda abolida en los años sesenta mediante el asesinato sistemático de los miembros más radicales. La democracia venezolana lo tenía claro: no querían compartir el botín con guerrilleros y narcotraficantes, como ocurría en Colombia. Entraron a matar antes de que pudieran consolidarse.
El general, que no era tal, pero valgan los galones, había intentado el derrocamiento de la citada democracia, corrupta y poco respetuosa con los derechos humanos, unos años atrás, en el noventa y dos, junto con algunos correligionarios del ala bolivariana. Pero fracasaron y les costó un par de años de cárcel.
Allí había aprendido a tener paciencia y había leído más. Logró consolidar sus principios revolucionarios y además se convirtió en una víctima notoria de la corrupción vigente. De modo que al salir aprovechó el tirón y decidió actuar por la vía legal y formar un partido fuerte que se presentaría a las urnas en el noventa y ocho para ganar las elecciones.
Un año antes me había pedido que me uniera al equipo de la campaña electoral. Para entonces ya éramos buenos amigos y de alguna manera aquel hombre representaba todo un reto para mi escepticismo político y su propuesta una gran experiencia personal y sobre todo un cambio necesario en mi modo de vida, que me ayudaría a sobreponerme de la reciente pérdida de mi esposa, la cual aún no había logrado superar. Más tarde comprendería que nunca lograría olvidarla, y aprendería a vivir con ello.
De modo que ese año, a mis cuarenta y uno, abandoné las plataformas petrolíferas, sin saber que sería para siempre, y me transformé en su principal asesor político y en el redactor de todos sus discursos, no sin antes haberme leído un par de biografías de Simón Bolívar, por supuesto.

jueves, 25 de septiembre de 2008

motivos

No es preciso estar loco para caer en el antro. Basta sobrar.
(El manicomio)


MEMORESCENCIAS 51

Gracias, mi amor, por estos cinco años, gracias a ti he conocido el Amor, ahora sé que sin ti hubiera muerto incompleta, sin conocer uno de los misterios más maravillosos de la vida. Me duele el hijo que no te di, pero supongo que no se puede tener todo a la vez, ya ves, tú tienes hijos y no pudiste conservar el amor de su madre, de sus madres.
No te preocupes por nada, el general no va a hurgar de nuevo en tu pasado, ahora ya eres un revolucionario más. Puedes hacer con tu vida lo que quieras, te he dejado en herencia la casa, las tierras y tanto dinero que no tendrás tiempo de gastarlo aunque dures esos cien años que juraste para ambos, mi amor, cuídate mucho, por lo menos que se cumpla contigo, la muerte es así de egoísta y no repara en promesas cuando llega.
Y cuida de mis papás, ya son viejos y no darán trabajo mucho tiempo, pero mientras tanto que no les falte nada. Ellos quedan como usufructuarios de tus propiedades, ya está todo arreglado, confían en ti, ahora serás tú su único hijo.
Apenas si te siento, cariño, la morfina, sólo me siento viva por el dolor que avanza cada día, inexorable, pudriendo mis entrañas. Tienes que ser fuerte y cumplir tu promesa, tienes que liberarme de tanto dolor y permitir que me vaya con el recuerdo de nuestros cuerpos vibrando de placer y extasiados de paz.
Nadie va a pedir ninguna autopsia, acá mandamos nosotros, mis papás ya están avisados de que no la deseo, no se puede esperar una resurrección con el cuerpo desguazado, bastante jodida la tengo con este bicho creciendo dentro de mí como un maldito animal, ese es el hijo que dios me ha dado, me cago en dios.
Tenías tú razón, sólo estamos nosotros y ese inmenso vacío que se extiende alrededor devorándolo todo, todo lo que primero ha creado.
Esta noche dormiré sola, quiero que después de inyectarme la sobredosis te vayas y no vuelvas hasta el amanecer. No molestes a los vivos, con el alba encontraréis mi cuerpo.
Le inyecté la morfina, pero no le hice caso. Tenía la experiencia de mi padre y sé que en el fondo a nadie le apetece morir solo. Fueron su orgullo y sus remordimientos los que le impidieron rogar algún consuelo. Nada que ver con mi esposa, además. Me acosté a su lado y le tomé la mano. Ella apretó la mía sin decir palabra y la acarició, agradecida.
Esa noche soñé que volaba, como cuando era niño. Soñé que volaba con ella de la mano sobre la vieja mansión colonial de frescos y seguros muros de piedra, sobre el tejado de cinc que cantaba al son de los fuertes palos de agua en la estación de lluvias, sobre los jardines de orquídeas fabulosas, sobre los campos salpicados de mangos y plataneros. Soñé que traspasábamos los márgenes de cocoteros altivos y tomábamos altura en el cielo rojizo del amanecer hasta alcanzar la costa. Soñé que nos lanzábamos en picado sobre las aguas y que ella me besaba, una vez más, antes de dejarse caer, exánime, y desaparecer bajo una mar en calma. Cuando me precipité hacia ella para darle alcance sentí un fuerte apretón en la mano y desperté antes de llegar al agua.
Eran las seis de la mañana. Su cuerpo estaba frío. El crepúsculo del amanecer pincelaba de fuego la alcoba. Me levanté y les di la noticia a sus padres. Luego llamé a su médico y todo se puso en marcha. No hubo autopsia.
Mi mulata de ojos azules murió a los treinta y tres años de edad, fue enterrada por el ritual cristiano del lugar, pero jamás me abandonó en vida. Si he llegado a cumplir los cien años desde donde escribo estos recuerdos, es gracias a ella, que como un ángel de la guarda, como una protectora fuerza sobrenatural, cuidó de mí y me ayudó en los momentos más peligrosos y difíciles de mi larga, compleja y azarosa existencia, cuyo destino apenas comenzaba a vislumbrar.

martes, 23 de septiembre de 2008

camuflajes

“Las leyes y las constituciones que por la violencia gobiernan a los pueblos son falsas. No son hijas del estudio y del común asenso de los hombres. Son hijas de una minoría bárbara, que se apoderó de la fuerza bruta para satisfacer su codicia y su crueldad” .



MEMORESCENCIAS 50

Tomamos el primer avión de la mañana del sábado en dirección a Caracas y aprovechamos para ir de compras. Unos regalitos para la familia, como acostumbrábamos en cada uno de nuestros viajes, y algún modelito de moda para mi mulata, sobre todo ropa interior caliente, muy caliente, pues sabía que me ponía loco con sus coloristas exhibiciones eróticas en la intimidad de nuestra habitación, o de cualquier otra.
Habíamos alquilado para dos noches la suite nupcial del Caracas Hilton, a pesar de la invitación del general a dormir en su casa, de modo que pasaríamos en ella lo que restara de ésta y el domingo entero, follando y comiendo lo que nos pidiera el cuerpo hasta la hora de regresar al aeropuerto para tomar el último vuelo.
De modo que mientras se probaba los modelitos de lencería fina, recién llegados de París, y me obligaba a mirar dentro del probador para darle mi aprobación, se me puso tan dura, sólo de pensar lo que me esperaba esa noche, que tuve serios problemas para ocultar la evidencia ante las miradas de las jóvenes dependientas que me observaban con una sonrisa maliciosa.
Cuando finalmente dejamos todas las compras en el hotel, se compadeció de mí ante la insistente erección de mi polla, me bajó los pantalones y me la mamó con todas sus ansias. Antes que pudiera tocarla y cooperar un poco ya había explotado en su boca y se había bebido todo mi semen, hasta la última gota.
No tenemos tiempo para más, mi amor, reserva tus energías y me recompensas esta noche. Ahora tomemos un taxi y vayamos a ver qué nos cuenta ese prohombre con la cabeza llena de antiguos sueños. Creo que deberías escucharle, me llegan muy buenas vibraciones cuando estáis juntos.
Vivía en una zona residencial, vallada con tela metálica de tres metros de altura, coronada por alambre de espino y con la entrada custodiada por dos guardias de seguridad en tres turnos de ocho horas.
Caracas se había convertido en los últimos años, tras la última crisis petrolífera del ochenta y tres y la definitiva caída del bolívar tras permanecer más de veinte años inamovible frente al dólar, en un lugar muy peligroso. Nadie se atrevía a pasear por sus calles en la noche. Todo el mundo que llevaba unos billetes encima se movía en taxi y la mayoría con pistola. Algunas zonas no se podían transitar ni de día.
Los Caldera, los Lusinchi y sobre todo los Carlos Andrés Pérez, habían marcado la ciudad a sangre y fuego.
Adecos y copeianos se habían dedicado a saquear el país en cada legislatura durante todo ese tiempo de supuesta democracia, alternándose descaradamente en el poder: ahora me toca a mí, ahora te toca a ti, y habían llevado a la nación más rica de latinoamérica a la bancarrota, pues ni siquiera invertían lo robado dentro de esa patria que pregonaban con el himno nacional cada seis horas en todos los medios de comunicación, sino que el dinero iba a engrosar cuentas en bancos de Miami y Suiza, o a invertirse en inmobiliarias de la costa mediterránea, sobre todo en la española.
Unos ciudadanos acostumbrados a viajar a Miami para ir de compras o de vacaciones porque les salía más barato que en su propio país, un país con un enorme potencial que ofrecer a los turistas, sobre todo en la costa caribeña, pero sin apenas infraestructuras. Unos ciudadanos que habían estudiado gratuitamente una carrera, un doctorado o algún master que otro en instituciones estadounidenses o europeas, porque había dinero y el Estado se lo podía permitir, se veían ahora en la ruina económica, con unos niveles de marginación y delincuencia en crecimiento geométrico, no podía ser de otra manera con los niveles de analfabetismo y planificación demográfica que poseían sus estratos sociales inferiores.
Bueno, de todo eso me habló el general. Desde luego, para mí nada nuevo.
¿Que qué podía hacer yo por ellos? Mucho más de lo que pensaba, pero para empezar bastaría con proporcionarles planos de diseño, protocolos de actuación, listas de suministradores, programas de mantenimiento preventivo y todo lo necesario, quién mejor que yo lo sabía, para una independencia total de las plataformas, que muy pronto serían, todas ellas, nacionales.
¿Que eso me convertía en un espía? ¿Que había firmado con los yanquis un contrato de confidencialidad? Y qué, todos somos espías. Ellos mismos, el propio general. Me había investigado. Sabía que mi titulación era falsa, sabía que tenía dos hijos y que sus madres no me permitían verlos, sabía que había tenido que dejar un hermoso nido deprisa y corriendo. ¿Acaso quería que investigara más?
Mira, chamo, esto no es para presionarte, todos guardamos algún secreto, pero has venido, y si has venido es que de alguna manera ya estás de nuestro lado. No te va a pasar nada. Si te pillan y te despiden, si te demandan, nosotros te recolocamos, te protegemos legal y personalmente, a ti y a tu familia, la de aquí y la de allá. No somos cuatro locos nostálgicos, pana, somos una revolución pendiente, una revolución en marcha, a nuestro estilo, una revolución bolivariana.
Si cumples con tu parte estarás dentro y el país te lo agradecerá. Y además te daremos más trabajo, no te vas a aburrir, pendejo, ya lo verás, menudo gallego de los cojones, anda, brindemos por ti y por la mulata esa que no te mereces, venir acá a robarnos las mujeres, y además las mejores, menudo coñomadre, ja, ja, ja, venga ese ron... ¡¡señoras, por ustedes, el más bello animal de la creación, ja, ja, ja... !!


jueves, 18 de septiembre de 2008

recuerdos

“Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.”

MEMORESCENCIAS 49

Le hablé de las clínicas de Miami, a mi morena, le dije que podíamos intentarlo con alguna de esas técnicas modernas de fertilidad, que incluso estaban empezando a implantar óvulos previa inseminación, óvulos que podían ser suyos con un poco de suerte, y si no servían podían ser donados por otra mujer, pero probablemente podría tener un hijo mío de cualquier manera.
No vamos a cambiar el curso de la vida, el designio de los dioses, contestó. Si está escrito que no he de darte un hijo, así será. Y además no quiero que me toquen más manos que las tuyas, nadie más que tú va a penetrar en mi interior. De modo que olvídalo. Tú ya tienes tus hijos, aunque no los veas, y si deseas tener otros tienes mi permiso para mantener a una concubina, aquí eso es más corriente de lo que piensas. Sabré aceptarlo con dignidad, pero no te alejes de mí, quiero tenerte cerca hasta el final, un final que presiento cercano.
Estás loca, no pienses ni por un momento que te voy a hacer algo así, yo ya he vivido mi vida y esto que vivo ahora es un regalo tuyo, te juro que te seré fiel hasta la muerte y que viviremos cien años.
Hacía dos que nos habíamos casado. No llegaba ese hijo anhelado por ambos, no estaba de acuerdo con sus dioses, pero lo dejé estar, porque ella se había convertido en mi único dios y se trataba además de su propio cuerpo y de su final decisión.
Nos dedicamos a viajar por el país a la mínima oportunidad que teníamos, cuando nos lo permitía mi trabajo, y así conocimos desde la inmensa sabana regada por ríos caudalosos que forman arenales en la orilla con su oleaje marino, hasta la costa caribeña de playas blancas y majestuosas palmeras somnolientas y las nieves de Mérida, de increíble blancura tropical, a veces en avión y otras en todoterreno por caminos que ni venían en los mapas.
No tuve en cuenta esa especie de premonición sobre su muerte, tan terrible y temprana, o más bien hice como que no la oía, porque sabía en el fondo que esa mujer, con toda su ignorancia sobre las cosas nuevas que invadían su mundo, estaba unida a los astros, constelada, y conocía todos sus designios.
Tampoco me extrañó que levitara cuando le hacía el amor, tres años más tarde, en los últimos días de su vida, casi despojada de su cuerpo debido a la morfina y al placer que aún sentía entre mis brazos.

sábado, 13 de septiembre de 2008

gobernados

"Ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado,dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado,estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello. Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, autorizado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido. Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado."

Pierre-Joseph Proudhon

MEMORESCENCIAS 48

Me dijeron, mira chamo, puede que este sea el próximo presidente de la República y quiere conocerte.
Estábamos los dos bien metidos en la noche, colocados de ron y buena marcha, ya sin presentarnos nos habíamos pasado las mujeres bailando, en un gesto que a mí me pareció de buena onda, movidos por el impulso de compartir lo mejor de cada cual. Es decir, que ya me cayó bien antes de que me lo presentaran formalmente.
Oye, gallego, no sé cómo has conseguido meterte a toda esta gente en el bolsillo, y mucho menos cómo has logrado que la mulata se meta en tu cama, pero necesito hombres como tú para dejarme de pendejadas y comprender cómo funciona vuestro cerebro y qué es lo que se puede esperar de vosotros. Tengo en mente un pedazo de revolución que no se lo van a creer en ningún lado, y me gustaría conocer tu opinión sobre algunos aspectos de las relaciones internacionales que mis asesores políticos no son capaces de aclararme, mira, te estaría muy agradecido si me prestaras un poco de tu tiempo, podemos quedar para almorzar en mi casa el próximo fin de semana, dime tú el día y la hora que yo haré lo demás para que te sientas como en casa, eso sí, con un poco menos de ron en el cuerpo.
Qué vaina es esa, mi general, le respondí con una amplia sonrisa, yo sólo soy un técnico que trabaja para levantar el país, y a veces no sé ni en qué país estoy.
Ves, esa es una de las cosas que tienen que cambiar, quiero que los trabajadores de este país tengan muy claro para quién trabajan, y tú desde ahora mismo tienes doblado el sueldo si dejas de pringar para la industria yanqui, y por supuesto con el salario blindado en dólares, acá lo que nos sobran son dólares que los putos yanquis, y algunos gallegos como tú, nos pagan por el petróleo.
Mi general, brindemos por esta noche perfecta, pero no te equivoques conmigo, no pienses que todos los de allá somos gallegos. Algunos nos venimos sin patria y sin cartera, pero lo damos todo por encontrar otras sin que nos recuerden que no somos nadie o que todos somos lo mismo. En estos tiempos nadie se viene a este lado a hacerse las américas, sino más bien a trabajar y dejarse el pellejo para levantar lo que ustedes no son capaces de mantener por sí mismos.
Vale, chamo, no esperaba menos de ti, sé muy bien lo que estás haciendo, pero sólo eres un eslabón sin amarrar a ninguna cadena, puede que a la mulata esa que has conquistado, y por todo ello, y por lo que he leído hoy en tu mirada, sé que eres un elemento necesario para una cadena más grande, una que estoy elaborando paso a paso y que conseguirá enlazar a toda la américa latina. Si piensas, como yo creo, que puedes formar parte de algo grande para la humanidad, para la historia moderna de esta constelación capaz de alumbrar incluso una Europa mejor, sin la presión del imperialismo yanqui por medio, entonces acude a esa cita y hablaremos con más claridad. Y si no vienes tomaré esta conversación como una desorbitada broma de borrachos y nos olvidaremos los dos de de lo que hablamos.
Pero, mi general, qué esperas de mí, sólo soy un currante, puedo dejar de trabajar para los yanquis, puedo cortar mis relaciones con ellos sin trauma alguno, ni siquiera es preciso que me doblen el sueldo, pero qué ganaríamos si siguen estando ahí y congelando los pedidos de repuestos y manejando los cambios del personal directivo...
No te preocupes por eso. Muy pronto van a dejar de estar ahí y de manejar las cosas. Lo que espero de ti no es que cambies de plataforma, sino que los vigiles y nos cuentes todo lo necesario para que jamás volvamos a necesitarlos. Y puede que espere alguna cosa más, pero eso ya lo hablaremos en su momento. En realidad no vas a ganar mucho más de lo que ya tienes, que es mucho más de lo que nunca imaginaste, ¿o no?. Tan sólo una nueva patria y una causa por la que luchar. ¿Te parece poco?¿Has oído hablar de Simón Bolívar, gallego de los cojones?
Y por alguna razón nos partimos el culo de risa mientras chocábamos nuestros vasos y brindábamos por el próximo encuentro.
Nuestras mujeres bailaban salsa juntas y nos miraban sonrientes. Todavía los ojos de mi mulata brillaban de esperanza con la fuerza del lucero del alba que se avecinaba, meses antes de contraer un cáncer de páncreas que la fulminaría en tres semanas.

LA LIBIDO Y LOS FACHAS

FUNDAMENTALISMO SANITARIO (reportaje)

Inyecciones para inhibir la libido.
La "castración química" es un tratamiento con hormonas voluntario para violadores - No es infalible, pero puede ayudar a la rehabilitación.

PERE RÍOS 13/09/2008

"Contra violación, castración", rezaba una histórica consigna de algunas feministas al inicio de la transición. La sociedad española ha cambiado mucho desde entonces, pero los violadores persisten y, al hilo del caso Mari Luz, el Gobierno ha anunciado que aplicará la llamada "castración química" a los presos que cumplen condena por delitos sexuales. Se trata de una medida que no consiste en amputar ningún órgano al violador, ni en inyectarle compuestos químicos de manera forzada, porque sería anticonstitucional.



ARTÍCULO

La administración FORZOSA y ANTICONSTITUCIONAL de compuestos químicos se viene aplicando en este país desde hace más de veinte años, en pacientes excarcelados de las instituciones psiquiátricas tras el cierre de las mismas y en drogodependientes, sobre todo en alcohólicos de amplio espectro, que puede llegar desde el bebedor habitual que duerme en casa y se adapta al trabajo a la perfección, al que se queda tirado en alguna cuneta durmiendo la mona. Todo depende (el que sea integrado en el programa asistencial o no), de su nivel de aceptación social y por tanto de los poderes fácticosanitarios de la localidad. Si no tienes dinero y das mucho cante de izquierdas ponte en lo peor.


El fundamentalismo sanitario siempre ha estado ligado al fanatismo religioso (léase fundamentalismo cristiano) y al conservadurismo político más decimonónico.


Liberales y beatos de tres al cuarto deciden sobre la vida de las personas amparados por una política contra las drogas diseñada por el ministerio de asuntos sociales y ejecutada por los grupos de acción civil más radicales y fascistas del territorio nacional, una especie de sectas bien insertadas en una mentalidad social higienista y depuradora de conflictos, que justifica cualquier tipo de actuación.


Pero no comenzábamos este artículo con un encabezamiento casual:


El aumento de la esperanza y calidad de vida en las sociedades occidentales está creando una separación de sexos que sólo se explica con fundamentos biológicos, ya que ideológica y culturalmente nunca estuvimos más unidos un sexo y otro.


Hasta ahora no nos habíamos percatado, porque el parque con palomas se llenaba de viudas más o menos jóvenes, más o menos alegres, pero ahora la ancianidad (tanta longevidad) se cubre las varices de las piernas con pantalones en los bancos del parque y juega al parchís o baila sevillanas con otras damas de su edad en bares y salones especializados cada vez más numerosos.


La mujer se hace muy vieja, menopáusica de largo recorrido, y su libido se pierde por los recovecos de su memoria sin encontrar una imagen que la subleve, le levante las nalgas y le haga buscar la compañía de los hombres.


El hombre, en cambio, fértil hasta la muerte y cargadito de testosterona a edades avanzadas, se levanta de la tumba y persigue las faldas de colores y las torneadas piernas, sobre todo bien rematadas en prominentes caderámenes.


Y no le importa la edad. Por supuesto una de treinta mejor que de cincuenta, pero si tiene veinte tampoco le vamos a hacer ascos. A más progesterona, más testosterona. Si el corazón aguanta todo vale, mejor morirse de un buen polvo que aplastado por un camión subido a la bici de los cojones o corriendo como un loco por el paseo marítimo.


Claro que eso no les parece nada bien a las viejas, y mucho menos si es tu parienta.


Así que ya sabéis, beatos, cristianos militantes y otros adoradores de la familia y las buenas costumbres de toda la vida (ese crisol de ciudadanos mansamente reprimidos e inevitablemente homologados), contra el divorcio y la excomunión: CASTRACIÓN (química, por supuesto). De lo contrario podéis acabar pagando putas y ardiendo en el infierno. O peor aún, violando alguna vecinita, una pequeña, que gritan menos y se avergüenzan de hablarlo con sus papás. O con algún retroceso de semen en el cerebro, que desemboque en parálisis permanente o en veintisiete puñaladas a la señora esposa deshormonada, triste y gruñona, pobrecita.


Y a los que nos guste follar "a esas edades", divorciarnos para que no nos castren e incluso formar otra familia para follar más y mejor (y por qué no, qué daño hacemos, qué daño hacen los que tienen dinero y títulos imperiales, o los sementales de las revistas del corazón, todos ellos tan famosos y poco criticados), pues dejadnos en paz y no nos metáis mierdecillas inconstitucionales en el cuerpo, aprovechando el tirón de los programas antidrogas. Violadores, desgraciados, degenerados de la otra españa de pandereta, represión y puñaladas.
Que os enculen a todos y a todas con un rosario de bolas de buen calibre, a ver si por ahí os entra el gusto y la necesaria iluminación.



sábado, 6 de septiembre de 2008

demócratas

“El sistema de la representación democrática es el de la hipocresía y el de la eterna mentira. Su existencia se apoya en la ignorancia del pueblo y todos sus triunfos se basan en ella”.

Bakunin

MEMORESCENCIAS 47

Acá no tenemos golondrinas. El futuro de los seres queridos que vuelven al nido en cada primavera lo adivinamos por el movimiento de los buitres en el cielo: si no se acercan al jardín de los deseos es que nuestro amor sobrevivió al invierno.
Así hablaba mi mulata de ojos azules en un país sin estaciones, donde la única señal de cambio era la época de lluvias torrenciales. Yo la escuchaba en silencio, con el asombro del amor desparramado sobre mi pobre vida de superviviente exiliado de su tierra y del amor.
Me dijo: No importa qué haya sido tu vida en el pasado, tan sólo mira hacia adelante y dime si yo estoy en ella y si es así entonces ámame, desbrózame la piel en fértiles surcos de pasión y yo te seré hembra, esposa, compañera hasta la misma muerte. Y así fue, porque la vi ante mí, nos casamos según los cánones de su iglesia y jamás miré a otra mujer en vida con la misma mirada.
No podía creer tanta felicidad reunida en un momento, azaroso homenaje que me rendía el mundo, este nuevo mundo, a mí, a un energúmeno que había desafiado todas las posibilidades de amar y ser amado.
Todo lo demás es tan sólo una sombra impensable de suceder si no es bajo su luz, pero así como la vida te concede unas cosas, también te priva de otras y por más que la surqué no fue capaz de concebir un hijo.
Rememoro su ausencia, tan temprana, miro hacia atrás, me asaltan los viejos fantasmas y no dejo de pensar que su salud se vino a la deriva con el paso del tiempo que se le iba de las manos, lo leía en sus ojos, deseando regalarme uno, regalarme así su eternidad.
Yo fui su primer hombre, su único hombre, y puedo decir que restañó todas mis heridas y que jamás me he sentido amado de tal manera, con tanta intensidad. Si merecidamente o no, no soy quién para juzgarme, pero sí es cierto que jamás me entregué tanto a una mujer.
Su muerte abrió un paréntesis de soledad en mi vida que en el día de hoy , a pesar de algunas aventuras más o menos certeras, no he conseguido cerrar.
Quizás idealizada, quizás inenarrable, no logro superar su recuerdo, busco y no encuentro su piel, su voz ni su ternura.
Cinco años de paz.
Durante ese tiempo aprendí a esperar de los demás lo que pudieran darme, y sobre todo aprendí a ofrecer todo lo que yo era capaz de dar.
Se corrió la voz de que era un tipo interesante para hacer funcionar a pleno rendimiento cualquier plataforma con problemas y en seguida me llovieron las ofertas de empleo, tanto en las dirigidas por los yanquis como en las de dirección pública, que en aquella época competían unas con otras con el consiguiente perjuicio del gobierno venezolano, siempre expuesto a las maniobras y caprichos del imperio.
Fue en una de sus fiestas familiares, con la presencia de la alta sociedad, cuando conocí a Hugo, al que ya le habían hablado de mí. No sé qué le sedujo más, si mi eficiencia técnica o mi total desinterés por la política, pero aquella tarde se escribiría una página de la historia de ese país que muy posiblemente tan sólo conozcamos los dos.

jueves, 4 de septiembre de 2008

FILIOLVIDOS

Los hijos no pueden educar a los padres.
La secuencia biológica es un marcador social inseparable de la estabilidad de la tribu, y en ella es el hijo el que toma el relevo de la sabiduría de su padre y no al revés. Aprenderá lo que él sea capaz de transmitirle, poco o mucho, y con ese legado se lanzará al mundo a interpretarlo, y asumirá las contradicciones generadas entre lo que le han enseñado y la realidad de los nuevos tiempos, para ocupar su propio lugar en el mundo, afianzar su personalidad y liberarse al fin de la figura paterna.
Pero nunca al revés: los hijos no pueden modificar las conductas y los hábitos de sus padres, porque de ello resulta una aberración biológica y un desequilibrio social que sólo puede terminar en traumas y rupturas relacionales.
La policía psiquiátrica y los abanderados del fundamentalismo sanitario, en su lucha por sanear las arcas del ministerio de la salud pública, muy cuestionable ahorro, se pasan por el forro de los cojones los más elementales principios de socialización y generan todo tipo de caos en las relaciones personales entre los supuestos pacientes que caen en sus redes y sus amigos y familiares, incluidos sus propios hijos, que son integrados en la cadena protocolaria con el dudoso fin de garantizar la salud de sus progenitores o, como contrapartida, su aislamiento total.
No sólo los atemorizan con enfermedades crónicas o terminales, como la cirrosis, la apoplejía o el cáncer, y les presentan panoramas dramáticos donde lo más beneficioso para todos sería la propia muerte de su vicioso padre alcohólico o de su puta madre cocainómana, sino que los integran desde temprana edad, a los trece o catorce años, en la administración ilegal de los psicofármacos utilizados en el "tratamiento".
Esto les crea una seguridad ficticia dentro de la relación paternofilial, que les hace sentirse superiores y por tanto capaces de eliminar la figura del padre y tratarlo como a un desgraciado más, necesitado de ayuda y sin credibilidad alguna ante sus alegaciones o en la justificación de sus actos.
Los hijos se acercan admirados y complacientes al seno de esa entidad suprafamiliar que los abraza y les promete la inmortalidad y la reinserción de sus padres a través de una vida sana, y la propia realización personal a través de la ayuda que ofrecen a sus amados drogadictos, especialmente a ese padre tan fácil de eliminar de su conciencia con ayuda tan profesional.

Cómo afectará a su futuro esa descalificación prematura de la figura paterna y el alejamiento físico que en un principio genera sin aparentes complicaciones, es algo que no explican a las familias ni a los hijos. Pero no hace falta ser muy inteligente para adivinar que nada bueno traerá: tristes olvidos, sentimientos de culpabilidad, rechazo del sistema sanitario si no se cumplen los objetivos prometidos y dolorosos remordimientos cuando alcancen edades similares y se vean abocados a los mismos problemas, casi sin darse cuenta, y no tengan un padre que les eche una mano o una madre que sepa más que ellos y en quien puedan confiar.
No importa: ya estarán al acecho los mismos que los jodieron a ellos, a sus padres, para someter al hijo cada vez más eficazmente al "tratamiento" necesario.

domingo, 31 de agosto de 2008

tunelados


"En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida" (De " El Túnel")



MEMORESCENCIAS 46

Pensaba en mis mujeres y se me caía el cielo encima. A mí, tan infernalmente sumido en mis miserias.
Pensaba en mi psicóloga, en mi anarquista del alma que me había enseñado a interpretar el mundo que nos había tocado vivir, que tanta sabiduría había aportado a nuestra relación, y me parecía una bestia infame, sin piedad, inacabada...
Pensaba en mi pelirroja inglesa, tan ajena a la realidad que me había alejado de su piel y de sus hijos, de mis hijos, que no vería crecer ni podría comunicarles algo más que unos putos genes casuales.
Pensaba en mí y me veía tan desvalido e impotente para cambiar el curso de mi historia que me daba miedo de mí mismo y de lo que había hecho con mi vida: ¿era realmente consciente de todo lo que había perdido, y sobre todo, del origen de esa pérdida...?
Una cosa sabía: si las amaba de verdad lo mejor era desaparecer, no por miedo a enfrentarme a denuncias o reacciones irresolubles, sino por amor, un amor que se fue transformando en odio a medida que me alejaba de su mundo, de mi mundo, y me sentía traicionado por una y olvidado por la otra.
Toda mi vida había estado guiada por las mujeres que encontré a mi paso. No me resultó difícil dejarme guiar por aquella mulata de ojos inmensos que me animaba a palpar sus carnes y sumergirme en sus mareas.
Cuanto más avanzaba nuestra relación, más fuerte me sentía, más sentía cómo renacía mi hombría y mis ansias de poder, un poder que ya no pasaba por arrebatar la vida ajena, sino por poseerla.
De manera intuitiva, comprendí que lo único que podía hacer era esperar: dejar pasar el tiempo y que la distancia hiciera el resto: la esperanza es un estado de desesperación.
Y me fue tan fácil amar lo que iba reconciliando en mi memoria como odiar hasta el olvido lo que una vez pensé que duraría hasta la muerte.
Aquella mulata no podía devolverme mis pérdidas, pero fue una delicia dejarme arrullar por sus gemidos y encontrar el amor en la pura sustancia, en la dulce profundidad de su piel, que con el tiempo, con ese mismo tiempo de mi desesperanza, aprendería a venerar.
Las relaciones que su familia mantenía con poderosos estratos del gobierno y del empresariado emergente a la búsqueda de un consenso nacionalista que le devolviera al país la fe en sí mismo harían el resto y me acercarían a ese poder que tan sólo había sido algo confuso y aborrecible en mi vida anterior: el poder político.

jueves, 28 de agosto de 2008

la paz desmayada


"La paz obtenida con el filo de la espada no es más que una simple tregua"






MEMORESCENCIAS 45

Era una mulata de tercera generación, descendiente de una abuela jamaicana y un abuelo holandés que había llegado al nuevo mundo perseguido por el primero, acusado de diversas estafas y falsificaciones varias con el contenido de los barcos que iban y venían, funcionario del puerto con imaginación y ganas de prosperar. Lo exiliaron a buscar mejor fortuna en los barcos que navegaban el Orinoco y terminó traspasando fronteras fluviales en los negocios del caucho, tan prósperos en aquella época, lo cual no resultó tan negativo porque acabó convirtiéndose en un prohombre de la ínsula boscosa de Manaos, paciente en el recibo del líquido dorado, pero imprescindible en los mercados europeos y norteamericanos con el despegue de la locomoción automovilística.
Su abuela conocía todos los secretos del sincretismo budú cristianizado y lo mismo leía el porvenir en los posos del café que descifraba el tiempo que restaba a cada cual en las patas de pollo arrancadas de cuajo a las gallinas sacrificadas para un buena cazuela.
Su padre se metió rápidamente en la política, aprovechando el empujón mediático de sus progenitores, y su madre se dedicó a la jardinería, pues no pocas hectáreas de buena tierra fértil le fueron legadas, como hija única de un cacique de la zona y además casadera sobrenatural, pues se decía de ella que ni la virgen maría poseía la dignidad y el carisma para engendrar un ente más luminoso que ella misma.
Tanto era así, que nadie se atrevió a cortejarla más que un aventurero araucano del que se decía que había descendido las aguas del salto del ángel con los brazos en cruz.
Y de esa cruz sobre su cuerpo de aguas derramadas al son de sus canciones araucanas, nació ella, mi gran amor americano, con la tez morena de la castaña madura, el pelo rubio y liso y unos ojos azules que parecían robarle la luz en la noche a las estrellas. Y esquiva para los hombres como lo fue su madre.
Nos conocimos en el club náutico, un residuo de lo que fuera en otro tiempo lugar de entretenimiento para las élites políticas y econónomicas y que ahora era simplemente un lugar de reunión para los extranjeros, funcionarios y empresarios con ganas de compartir ideas y algún que otro concepto, pero sin pasarse, entre la ironía y el escepticismo incipiente en un país con la economía a la deriva.
Celebrábamos algún centenario bolivariano, con Hugo Chávez llegando al escenario, aderezado con la mejor fauna militar del momento, cuando entre una costilla y otra coincidimos al abrir una de las cavas de cerveza helada, sumergidas en hielo.
Nos miramos y el mundo se paró: dejó de girar, os lo aseguro, yo mismo sentí el impulso de la inercia y me encontré turbado entre sus brazos.
Me sujetó, como quien abraza a un suicida a punto de caer en el abismo. Sé que vio mi caída, sé que la contempló más allá de la hierba, de aquel jardín regado sin descanso, protegido del sol incandescente durante las horas muertas y desoladas de la temporada seca hasta la tarde.
Y algo debió de ver, más allá de mis ojos, más allá de mi perdido norte en tierra extraña: ¿eres tú el español que anima con sus actos los sueños de mi gente?...
¿Y tú eres aquella que anima con sus sueños los actos de los dioses?...
Y así, sin más, nos dejamos llevar como niños por una inercia ya concluida y rodamos por la hierba uno encima del otro, riendo a carcajadas y sin perder de vista la mirada del otro, durante un buen rato, hasta que nos dimos cuenta que todas las miradas estaban pendientes de nosotros. Nos tomamos de las manos y nos ayudamos a levantarnos.
Volvimos a la nevera de poliuretano, sacamos dos cervezas y brindamos por nosotros, por lo que habíamos vivido, tan intenso, y por lo que nos restaba por vivir, que en ese momento creímos largo y maravilloso.

lunes, 11 de agosto de 2008

cuestión de mujeres


“En casi todos los países, las mujeres, son esclavas; y hasta que ellas no estén completamente emancipadas, nuestra libertad será imposible”


Bakunin

MEMORESCENCIAS 44

Pero era Maracaibo mi destino. A mis treinta y cinco años sabía lo suficiente como para permitir que el dinero se metiera en mis bolsillos sin titubeos y me librara de la infamia universal, la cual puede parecer muy borgiana, la frasecilla, pero ahí está con todas sus consecuencias. Yo lo sabía mejor que nadie: si tienes dinero no te pueden machacar, ni siquiera tu propia familia, ni las mil firmas de los mil mejores prohombres del planeta, y mucho menos los mil mayores hijosdeputa navegando a tu alrededor.
No me interesaba New York, repleta de fantasmas... Pasé dos noches y tres días deambulando por sus calles, entre sus enormes mausoleos de acero y de cristal, con sus dos torres gemelas aún incólumes, como un presagio de la caída que sufrimos los héroes, o así me sentía yo ante mi propia soledad sin derrumbarme.
Recorrí las calles lorquianas sin encontrar en ellas ningún misterio subliminal que atesorara ese montón de poemas muertos, y resignado me encaminé de nuevo al barco, a ese barco que me llevaría a la conquista técnica de las plataformas del gran lago, un lago que para los indígenas primigenios era un mar, un mar donde se acababa la tierra, antes, mucho antes de que la posesión de hidrocarburos significara una manera de estar en el mundo, una manera de presentarse más o menos protegido ante el devenir del poder global y sus representantes. Entrábamos en los noventa, y todos conocíamos cuál era el discurso y quienes lo dictaban tras las grandes crisis de las dos décadas anteriores. Occidente, y sobre todo las grandes corporaciones norteamericanas, no estaban dispuestas a someterse al criterio de ninguna opep que les acercara al callejón sin salida de los precios marcados por los propietarios del oro negro. A esas alturas ya los tenían embargados hasta los huevos con préstamos multimillonarios y dependían de la industria yanqui hasta para recambiar una tuerca.
Bueno, en realidad todo este discurso me la traía bien floja en aquel momento.
Lo que yo pretendía en primer lugar era recomenzar mi vida, encontrar un buen trabajo para el que me sentía bien cualificado, blindar en dólares mi contrato para protegerlo de los avatares del bolívar, y sobre todo reincorporarme al sentir y al sentido de la propia vida, que para mí pasaba por hallar una mujer en la que sumergirme y lamer mis heridas, aunque fuera, como suele suceder a esa edad, lamiendo las suyas.
De manera que me entregué en cuerpo y alma a mi labor de superar todos los records de producción de la planta en la que fui contratado, por supuesto con mi falso título de ingeniero técnico que a los pocos días nadie se atrevió a poner en duda.
Rediseñé los equipos de extracción hasta lograr la eficacia de los ingleses e impartí cursos de formación para los trabajadores autóctonos. Incluso me gané la simpatía de mis colegas y de la gente que trabajaba conmigo, porque ya no me sentía dolido con el mundo, con aquel mundo, sino que pretendía renacer al calor del trópico y de todos los enigmas que se me plantearan, más allá o más acá de cualquier lógica predefinida.
Enseguida los fines de semana se transformaron en fiestas interminables donde acabábamos bailando salsa y charlando hasta el amanecer, rociados por una mezcla de costillas de cerdo, cerveza y ron de caña para el mamoneo final.
El espíritu festivo de los venezolanos y de otros sudamericanos que me fueron presentando me devolvió la alegría de vivir, y los encantos de algunas señoritas me devolvieron la sonrisa y las ganas de armonizar con ellas, es decir, de empezar de nuevo a follar.
La mezcla de indias, africanas y europeas creaba unos contrastes casi imposibles de imaginar, en algunas de una belleza tan sobresaliente que daban ganas de llorar, de reír, de amar simplemente un rostro, o en ocasiones también un cuerpo escultural.
Es inimaginable para alguien que no lo haya visto, para alguien que no haya tenido la inmensa suerte de pasar por allí.
Y por supuesto, me enamoré.



sábado, 9 de agosto de 2008

logros


"La dura realidad es una desoladora confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones, pero siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas, que en sus vidas y en sus obras alcanzan pedazos del Absoluto, que nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades." (Antes del fin, 1999)


viernes, 8 de agosto de 2008

MEMORESCENCIAS 43

Le dije a la inglesa, a mi pelirroja del alma, que no podía continuar con mi trabajo, que tras cinco años de pelearme con la burocracia del cuarto poder, de ese poder psiquiátrico, tan desconocido como mezquino e intransigente, necesitaba irme, aunque eso determinara la ruptura temporal del triángulo amoroso y de la necesidad de educar y ver crecer a mis hijos.
Lloró sobre mi pecho y me deseó lo mejor. Vuelve pronto, me respondió.
Jamás volveríamos a vernos. Sabía que las amenazas de la psicoanalista no eran vanas, pero en lo más profundo de mí sentí además una necesidad de renovación, en todos los ámbitos, sobre todo en la difícil relación que se me planteaba con las mujeres, después de haber amado a dos tan intensamente, después de haber sido expulsado del paraíso.
Por primera vez sentí la soledad como una puñalada, como un elemento extraño e indeseable que abarcaba todo mi ser.
Y sentí a la vez que era algo merecido, que tenía que pagar de alguna manera por lo que le había hecho a otros seres, se lo merecieran o no. Y, sobre todo, por lo que había disfrutado con ello.
Llamé al capitán y me embarqué de nuevo en las plataformas petrolíferas, no con él, porque tenía sus plazas cubiertas, pero no dudó en recomendarme a una nueva explotación.
Nos las arreglamos para enrolarme como técnico de grado medio, en lugar de mero oficial electricista. Los dos sabíamos que no íbamos a defraudar a nadie, y de alguna manera se sentía agradecido y le agradó hacerme ese favor.
Y allí estaba de nuevo, en medio de la niebla y el dolor, pero esta vez como un animal herido, más cercano a la muerte que a la propia vida y permitiendo que el trabajo fuera mi única excusa para sobrevivir.
Conocedor del idioma y de la idiosincrasia local, utilicé todos los mecanismos posibles para joder al personal y hacerme lo suficientemente aborrecible como para que me odiaran profundamente, tanto la gente sobre la que ejercía mando como la que simplemente veía en mi eficacia una manera de acumular poder.
A los seis meses me dieron una baja incentivada y se libraron de mí, algo que no se me ocurrió rechazar porque en el fondo era lo que estaba buscando.
Me embarqué en un mercante que hacía escala por allí programadamente para dejar víveres y repuestos industriales y me largué lo más lejos posible, camino de las américas.
La estatua de la libertad me recibió como a un puto náufrago sin destino y sin la más mínima idea de lo que me iba a acontecer, algo tan incalculable como maravilloso, y aún es el día de hoy que me pregunto qué habría sido de mi vida, qué empequeñecida habría sido, si no hubiera tenido la suerte de sufrir esa experiencia.





martes, 5 de agosto de 2008

anexos

“‬Todo Estado es anexionista por naturaleza.‭ ‬Nada le detiene en su marcha invasora,‭ ‬como no sea el encuentro de otro Estado.‭ ‬Los más ardientes apóstoles del principio de las nacionalidades no vacilan en contradecirse,‭ ‬si lo exigen los intereses y,‭ ‬sobre todo,‭ ‬la seguridad de su patria‭”

Pierre-Joseph Proudhon

MEMORESCENCIAS 42

Formábamos grupos compactos, con un psiquiatra en la cabecera y varios asistentes sociales, por lo general chicas, cuyo número dependía de la densidad demográfica de la zona. Las ciudades se dividían en barrios o distritos y abarcaban bares, lugares de copas o de diversión bien adjudicados, aunque transgredibles dependiendo de las necesidades reales con los diferentes "pacientes" , a veces más intuitivos o conocedores de su acecho sistemático y de las personas que lo ejercían. En estos casos siempre se agregaba un elemento disuasor de fuerza bruta, un tío bien cachas o con cara de asesino. Tengamos en cuenta que era necesario meterles en principio el anestésico o anterógrado en la bebida o el tabaco, para después proceder a la inoculación de los psicotrópicos precisos en la misma bebida y además en la epidermis, acción ésta imprescindible para una actividad más relajada, pues un depósito epidérmico se traducía en semanas de enajenación mental, inseguridad e impotencia para realizar una escapada o tomar alguna decisión imprevista, como no fuera el suicidio. Muerto el perro, se acabó la rabia. A la familia se la prevenía de esa pequeña posibilidad desde el principio, como un mal menor. Los teníamos cojidos a todos por las pelotas.
Aquella educadora social, como más tarde se llamarían, era una morena de ojos negros de gata resabiada e indulgentes con la manera de mirar a su jefe y escalar en la cadena de mando.
En cuanto le eché la vista encima se me metió en la cabeza: sería ella, no cabía duda, mi próxima víctima.
Estaba dispuesta a todo. Tras el primer sondeo supe que odiaba a los hombres y que daría su vida, su cuerpo y lo que hiciera falta con tal de jodérsela, la vida, a uno cualquiera con el menor pretexto.
Pero no fue por eso que la elegí, sino por sus ojos de gata y su cuerpo felino, de movimientos suaves y precisos, como si calculara en todo momento dónde iba a dar su próximo paso.
Y me acordé de los acantilados. Unos acantilados cercanos, interesantes para cualquier persona llegada de afuera y con el suculento añadido de invitarla a un plato típico de la zona, concretamente a unas llámparas en salsa choricera y picantona.
Antes de comer y de que nos vieran juntos le propuse conocerlos. Una caída de unos cincuenta metros en los sitios más alejados, donde nadie pudiera vernos en un día de semana laboral.
Un cielo claro, pero invernal, nos miraba atónito, nada sorprendido de nuestros abrigos que nos protegían de un viento norte desalentador para un agradable paseo. Sin embargo, era más fuerte su deseo de mostrarse complaciente con su jefe y seguirle en su caprichoso deseo de mostrárselos, los acantilados, en toda su agreste profundidad.
Es seguro que esperaba algo más, una aventurilla, una relación íntima, por su excitación verbal y su manera de comportarse.
La empujé como si fuera un accidente, un tropiezo en el camino orillado al abismo.
Quedó colgando, agarrada a unos arbustos en el mismo borde, con las piernas colgando y pidiendo socorro.
Me agaché, la tomé de las manos, y en ese preciso instante, con mi polla fría como un témpano, supe que no iba a disfrutar con aquello, que se había terminado el placer.
La subí, la abracé y le pedí perdón, mientras ella me rogaba que la llevara a su casa y pospusiéramos la comida.
Eso hice. Y fue tal mi decepción, mi confusión o mi cabreo, que esa misma tarde, antes de que la chica aireara su versión de los hechos, se lo confesé casi todo a mi anarquista. Y menos mal que no se lo conté todo: los casos anteriores.
No creas que me pilla muy desprevenida, me respondió, sé que nunca estuviste en un curso en Madrid y he seguido los destinos de los hijoputas que me jodieron. A dos de ellos les envié yo misma un par de putas estupendas pero infectadas de vih. Te lo agradezco en el fondo, lo del hostal, ahora ya estoy segura que fuiste tú, pero no quiero volver a verte jamás, no puedo vivir con ello, y mucho menos con esto otro, tan gratuito, tan de psicópata, por dios, no entiendo cómo pudiste engañarme tanto y durante tanto tiempo.
Quiero que salgas de nuestras vidas, ya. Si lo haces así y no planteas problemas, este será nuestro secreto. Si no, ya te lo puedes imaginar...
La inglesa nunca sabrá nada, cuéntale cualquier historia, que tan bien se te dan, pero desaparecerás de su vida también y de la vida de tus hijos. No existes. Adiós.


viernes, 1 de agosto de 2008

transiciones


“El Estado es una institución histórica transitoria, una forma pasajera de la sociedad”



Bakunin

MEMORESCENCIAS 41

Trabajábamos en tres frentes: Los locos expulsados de los internados psiquiátricos a la hora del cierre institucional y que por uno u otro motivo habían decidido dejar la medicación y alejarse de los nuevos centros de salud mental; los demenciados emergentes que familiares o amigos decidían que se estaban matando a base de pelotazos de una u otra sustancia; y la coordinación con el Sistema, de aquellas subvenciones o "imaginativas" propuestas que nos llegaban de entidades privadas, a veces opositadas por la Asistencia Social y otras veces recogidas directamente de grupos que en ese momento cuadraban con la política de drogodependencias diseñada por el ministerio. Y todo esto mucho antes de que se proclamaran por los sectores más conservadores y se aprobaran con el beneplácito higienista de los grupos más liberales, cualquier tipo de ley que restringiera el consumo habitual de drogas, legalizadas o no, de este país.
A mí me tocó dirigir el segundo grupo, es decir, el de los familiares y amigos que decidían que alguien se estaba matando, se estaba haciendo daño, o en el peor de los casos estaba haciendo daño a otros a causa de un desajuste en su equilibrio emocional o un brote psicótico derivado de una experiencia ocasional, como puede ser una separación de pareja, la pérdida de un trabajo o la muerte de un familiar.
De repente el individuo se sentía desamparado, deprimido o resentido con la sociedad y comenzaba a crear problemas en su entorno inmediato, problemas que afectaban a veces gravemente a la gente que tenía alrededor, a aquellos a los que más quería y con los que compartía sueños e inquietudes que de repente veía desmoronarse.
Si ya era difícil aceptar que a una persona que ha decidido dejar su medicación para sentirse vivo, para sentirse tal cual es, se le introdujeran psicotrópicos, medicamentos y extracciones sanguíneas sin su consentimiento, podéis imaginar lo difícil que era decidir poner fuera de juego a una persona normal, a un trabajador, a un padre o una madre de familia que está pasando un bache y coyunturalmente estorba al personal.
Pero así era. Se le hacía un seguimiento previo, se calculaba la cantidad de alcohol, tabaco, cocaína, marihuana o cualquier otra sustancia que se metiera alegremente en el cuerpo, se le sacaban unas fotos comprometedoras y si se prestaba al guión se le grababa una película en medio de una buena borrachera, una movidilla de esas tardías en la que pareciera que no iba a encontrar su casa, para convencer a su familia de que ese sujeto necesitaba una buena limpieza y una nueva reinserción, todo bajo la custodia y el presupuesto del Estado, bajo la supervisión de los mejores agentes especializados, o de lo contrario podría sobrevenirle en breve una apoplejía, una cirrosis o cualquier otra enfermedad terminal de la que ellos deberían hacerse cargo y cuidarlo tirado en una cama o en una silla de ruedas para el resto de su puta vida. Y firmaban, vaya si firmaban los muy cabrones.