
martes, 28 de agosto de 2007
damego dixit

ALBORADA

ALBORADA
Las pequeñas parcelas, delimitadas por zarzales y muros de piedra, denotan una explotación agraria minifúndica, una propiedad del suelo diseminada y limitada a modestas haciendas ganaderas y cultivos exclusivamente familiares. La hierba está muy alta, a punto para que las guadañas la quiebren por su base. Con ella caerán también las amapolas que hoy salpican levemente de rojo el verde jugoso de los prados.
Al fondo, las montañas enmarcan un paisaje de primavera que se agota. Por encima, un sol agonizante proyecta sus rayos contra los ventanales. Penetran a través del cristal y se unen al monocorde traqueteo del ferrocarril para provocarle un sopor pegajoso y volátil que lo sume irremisiblemente en un plácido letargo. Las imágenes pasan sin consistencia alguna, en una sucesión caleidoscópica: pomaradas, campos alfombrados de margaritas, rosas florecidas entre los arbustos, se amalgaman con los recuerdos en una absurda mezcolanza de colores y formas.
Cree verla caminar entre los manzanos, luciendo un vestido de novia, de blanco virginal, y tenderse después sobre las flores, solícita, amorosa, esperando a su amante, esperándolo a él. Se ve a sí mismo despojando de una rosa blanca al rosal para ofrecérsela. Siente un pinchazo agudo, y luego otro, y de sus manos comienza a brotar sangre, una sangre muy roja que tiñe el blanco níveo de su ofrenda. Se dirige hacia ella, dejando tras de sí un rastro ensangrentado; mas al tender su mano tan sólo encuentra el lecho.
La idea de perderla le produce un extraño vértigo. Se despierta, intenta abrir los ojos, pero la luz inunda sus pupilas y le obliga a cerrarlos. Ahora está convencido de haber acertado con su decisión...
El Sol se oculta tras los riscos de poniente. Bajo la tenue luz crepuscular, el valle asemeja una mullida alfombra salpicada de añejas construcciones. En su centro, como cada día de San Juan, se levanta un año más el entarimado de madera. Los músicos ultiman los preparativos para dar comienzo a la verbena. María escucha los primeros acordes de afinamiento. La atraviesan, inquietan su ánimo y aceleran su corazón ante el temor de una cita frustrada. Mira su reloj. Casi tres horas de retraso.
A su alrededor, niños corriendo y jugando en medio del gentío, conversaciones en tono alto y festivo, risas y chorros de sidra estrellándose en el interior de los vasos. En un extremo de la plaza, una gran pila de cartones, cajas y muebles destartalados preparada para la quema de las doce. Anunciará el final del día más largo del año, en homenaje al Sol, rasgando con una luz humana las oscuras entrañas de la noche.
Las miradas de los mozos recorren nerviosas los corros de muchachas, en busca de una sonrisa cómplice que prometa aceptarlos como compañero de baile. María escruta con ansiedad las manecillas. Una de las tres amigas que forman corro con ella, se percata y se burla sin malicia. Lucha por contener las lágrimas que anidan en sus ojos, prontas a desbordarse. Sólo ella sabe que si Juan no acude a esa cita, todo habrá terminado entre los dos. Rumbas y pasodobles sobre yerba recién cortada. Huele a verde, a un verde húmedo mezclado con aroma de manzana fermentada y sudor de macho en celo. María no baila. Sólo espera. Espera y piensa en él, en su olor, en sus caricias atrevidas y certeras -tanto tiempo reprimidas por ella- en el contacto de su piel, de su sexo...Le parece imposible que desaparezca para siempre de su vida, así, como en un feo despertar de un sueño que cada vez se le antojaba más real. Precisamente ahora, tras haberse entregado a él por completo, harta de soportar su acoso durante más de un año. Juan nunca se retrasa. Su madre tiene razón: "Todos los hombres son iguales. Todos persiguen lo mismo. Anda con cuidado. Recuerda cómo se casó tu hermana, deprisa y corriendo. A ver si al menos tú llegas entera al matrimonio. No te dejes engañar... "
Se prometieron amor eterno. Incluso habían hablado, durante los últimos meses, de boda, de hijos, de compartir sus vidas. Eso sí, él dejó bien claro que mientras no terminara la carrera no se casarían. Todavía le faltaban dos años, si estudiaba con tesón y no repetía ninguna asignatura. A ella le parecían una eternidad. Deseaba abandonar cuanto antes el campo, las labores ganaderas, y compartir con él su proyecto de alcanzar un trabajo digno y una buena posición social. No comprendía muy bien el significado de dichas aspiraciones. A decir verdad, cuando hablaba de esas cosas no le entendía en absoluto; pero se imaginaba en un confortable hogar, equipado con los electrodomésticos más caros y avanzados, o paseando por las calles de la ciudad, luciendo los modelitos de temporada, esos que aparecen en las "revistas del corazón", siempre realzando los encantos de otras.
María también es hermosa. Muy hermosa. Y ella lo sabe. Ha repartido "calabazas" entre la mayoría de los mozos del pueblo. No se resigna a ser una aldeana durante toda su vida, como su madre, como su hermana. Ambiciona escudriñar horizontes más amplios y sugestivos. Por eso es tan selectiva. Hace mucho tiempo que dejó de bailar con los chavales del pueblo. Y a los foráneos los despedía en cuanto descubría que eran campesinos. Juan se convirtió rápidamente en su norte. Colmaba todos sus anhelos: esbelto, bien parecido, culto... y un futuro ingeniero. Por fin la vida adquiría sentido .Y se enamoró, con un amor apasionado que poco a poco fue minando sus defensas hasta postrarla a los pies del deseo, del gozo, del verdadero amor.
Y ahora, de repente, su "príncipe azul" se desvanece y el castillo se transforma nuevamente en arena. Ya no vestirá los trapitos de moda. Se siente condenada a ocultar su belleza bajo aquellas ropas ajadas y anacrónicas, la mayoría heredadas de su hermana, y al igual que ésta, empujada a casarse con algún palurdo del pueblo que le hará trabajar como a un animal más de los establos, suponiendo que alguno la acepte tras haber sido cortejada por un novio durante tanto tiempo. Y, además...
María no baila, sólo espera. Mira su reloj. Una lágrima inunda el cristal de la esfera. Se aleja del gentío y cobija su intimidad bajo un roble centenario. Y llora, llora con amargo desconsuelo, su rostro en contacto con la corteza, entregando su sal a la tierra mientras el carrusel continúa girando y sus amigas bailan a ritmo de rumbas y pasodobles.
Media docena de vacas pastan en una finca. Empiezan a verse algunas casas aisladas. Siluetas humanas perfiladas sobre tierra desnuda, arada recientemente. Un perro pastor se separa de su amo para perseguir al tren. Le ladra con rabia, tratando de ahuyentar a un intruso grotesco que parece darse a la fuga. Se para en la linde y vuelve orgulloso la vista hacia su dueño. Los postes del tendido eléctrico tardan más en pasar. Un silbido agudo y prolongado le devuelve plenamente la conciencia. El Sol, casi oculto por completo, ya no molesta a sus ojos. Una construcción de planta baja. Varias puertas. En una de ellas un letrero: "Muros de Nalón" . A lo lejos, majestuoso, un caserón indiano. Detrás, las montañas, siempre las montañas dominando el paisaje, erguidas bajo un añil limpio, inusitado en esta tierra de nubes y lluvias celestiales. El tren se para. Un hombre se apea y abraza a una mujer que paseaba por el andén. Se besan. Una lágrima resbala fugaz por su mejilla. Bonito rostro, a pesar de ello. Y bonitas piernas. Las observa, pero piensa en las de María, mucho más asequibles. Piensa en el poder de las mismas, en la manera que lo están arrastrando, contra toda lógica, hacia la más servil veneración. Se levantan ante él, tal dos grandes pilares sustentados por los cimientos de la belleza y el amor, invulnerables a los consejos de su padre o a las opiniones de sus amigos. Ni siquiera un glorioso futuro aguardando la culminación de sus estudios, parece amenazar la estabilidad pétrea de esos muslos.
El tren se pone en marcha. La pareja avanza por el andén, ella aferrada al brazo del hombre. Sus piernas, sus caderas, se van estrechando hasta formar una linea difusa en la lejanía. Los labios de Juan dibujan una sonrisa irónica. Se pregunta qué tipo de influjo irracional le ha obligado a tomar ese tren y dirigirse a su encuentro, tras haber dejado partir el anterior. Pero aún está a tiempo. En realidad resulta muy sencillo apartarla para siempre de su vida, recuperar las riendas y olvidar aquel escabroso asunto. Basta con no acudir a la cita. Ella comprendería. Debe decidir con premura. Su destino es la siguiente estación.... El corazón comienza a latirle aceleradamente, como al contemplar la marcha del primer tren, y siente de nuevo el mismo extraño vértigo.
María recuerda entre sollozos la breve y tirante conversación mantenida el domingo pasado:
-Mira, Juan, no quiero ir a ese sitio. Ni a ese ni a ningún otro. Tengo tanto miedo de hacerlo, como de contárselo a mis padres. Pero no estoy dispuesta a abortar.
-María, por favor... ¿cómo puedo hacerte comprender que no es el momento adecuado?... He de terminar mi carrera. ¿Quieres que me ponga a trabajar y tire por la borda todos estos años de duro esfuerzo? ¿que renuncie a mi futuro?...
-Tu futuro está aquí, en mi vientre, y tú pretendes matarlo. Eres libre, Juan... Yo he decidido ya y no pienso cambiar de idea.
-Te quiero, María, pero me pones entre la espada y la pared. Mis padres no quieren ni oír hablar del asunto. No están dispuestos a ayudarme si decido casarme. Han depositado en mí toda su ilusión, toda su esperanza... No sé cómo acabará esto. Necesito pensar con claridad. Hasta el próximo sábado, a las siete, donde siempre...
Ni siquiera la besó al despedirse. Fue un adiós seco, distante... Un adiós que la dejó sin habla. Y sin decir palabra, lo vio alejarse camino del apeadero, con su americana de domingo, sus pantalones a juego, la raya bien planchada, el porte regio, la espalda ancha...
-María, ¿qué haces aquí llorando como una tonta? Anda, vuelve con nosotras...
-Voy en seguida, Gloria. ¿Tienes un pañuelo?...
-Toma. Y alegra esa cara, chica, que no se para el mundo porque te den un plantón. Vamos a bailar y a pasarlo bien. No todos los días es fiesta.
Retorna al grupo, pero no baila. Sólo espera. Gloria la mira con desaprobación cada vez que rechaza una oferta de baile. María sonríe con tristeza. Su nariz y sus ojos brillan, húmedos y enrojecidos aún, bajo las luces de colores recién prendidas. Alguien sujeta su brazo por detrás, invitándola a bailar. Ella se suelta bruscamente, sin volver la mirada. El chico insiste y la aferra con más fuerza. María gira su cabeza, dispuesta a enfrentarse a él.
-¡Juan!...
Se miran fijamente a los ojos. Ella cree leer en ellos una frase de amor. El sostiene su mirada y descubre, en ese mismo instante, dónde radica el poder de su misterioso encanto. No sólo en sus piernas. La mira de arriba abajo y esboza una sonrisa que a María le recuerda una alborada. No hacen falta palabras. Se besan con ternura.
Camino del maizal, hablan de matrimonio, de hijos, de trabajo... Juan le acaricia el vientre y piensa que a su lado quizás no importe tanto ese futuro programado por él, o por otros, no está muy seguro. María sueña de nuevo, mas no con vestidos de moda y cocinas de lujo, sino con permanecer eternamente entre sus brazos, aunque para ello haya de convertirse en un animal más de los establos.
Ahora hacen el amor. Más tarde danzarán alrededor de la hoguera, embrujados por el resplandor de las llamas, ajenos a la realidad que los circunda, abrazados a algún sueño lunar. La vida sonríe. Hoy es fiesta, también para ellos dos.
lunes, 27 de agosto de 2007
hermann hesse dixit

LAS RAZONES DEL SAUCO

Las razones del Saúco
Escribo por diferentes razones, pero siempre con la intención de comunicar, necesito comunicar. La creación literaria permite acceder a niveles de expresividad más complejos y reflexivos. También posibilita la exploración y cobertura de territorios más amplios y diversos, al otro lado de ese horizonte que la realidad nos impone. Mediante la escritura (mediante cualquier tipo de actividad artística comprometida) logramos la permanencia del mensaje en el tiempo, más allá de la muerte, más allá del olvido. Quizá sea esto lo más atractivo. O tal vez lo único realmente importante para el mantenimiento, desarrollo y exaltacion de la belleza, consuelo que aguardamos como triunfo final de la armonía frente al caos, albacea de una herencia inaudita para una humanidad estridente, perdida entre sus ruidos de fondo y hastiada de sí misma.
viernes, 24 de agosto de 2007
COLOSOS EN LA ARENA

COLOSOS EN
El Cielo era un suspiro: desdibujado, vago, ni siquiera el contraste de una nube indecisa ensuciaba el azul de su inusitada claridad. El Sol arreciaba sobre la arboleda, luchando por alcanzar la hierba. El Mar era un atisbo de lejanos sonidos monocordes. Mi corazón, una sombra de su latir mediando en la distancia. Quise llegar a él, dejarme atravesar por su melodía existencial, sentirme vivo.
Abandoné el pinar y atravesé las dunas sorteando escollos de vegetal hiriente y sobrevolando las arenosas lomas. Sobre una de ellas, con la playa desierta ante mí, anhelando mi llegada, pude al fin contemplar la fuente de aquellos sonidos. Penetraron en mí y se fundieron con el silencio de mis gritos sagrados. Éramos uno sólo, mecidos al compás de ese latir que transforma materia en energía y que más tarde reclama sus muertos para iniciar el ciclo.
Me aproximé a la orilla y me dejé caer sobre la arena, arrodillado. La majestuosa presencia de mi entorno me hizo sentir pequeño, imperceptible casi... ¿Cuál era mi papel en aquel escenario de colosos que limitaban la proyección de mis sentidos impidiéndome ver más allá de sí mismos? ¿cómo pude pretender que mi llegada cobrara para ellos algún significado, ¡oh, vanidad, vanidad!, cómo pude pensar que me esperasen? Qué insignificante mi presencia entre aquellas rocas susurrando recuerdos de rostros olvidados; aquellas dunas hablándome de luchas milenarias bajo el embate de las olas sobre la eternidad de su leve morir; aquel espacio Madre, acuoso, ante el cual los sentidos apenas son rocío de la noche implorando que se demore la mañana.
Tracé un círculo alrededor, dejando un pasillo abierto en dirección al Mar. Era un mensaje de amor, un deseo sublime de conectar con Él. Me entregué al arrullo de sus rompientes olas y a las caricias del Sol y la brisa salobre sobre la desnudez de mi cuerpo, sobre mi rostro, sobre mis párpados cerrados...
Cuando abrí los ojos la vi allí, a unos pasos de mí, deslizándose sobre las aguas orilladas, hermosa, portadora del esplendor salvaje que emite un cuerpo robusto y apretado, perfilado por sinuosas formas. Se adivinaba en ella esa lascivia visceral que estremece la libido para acabar cediéndole al deseo cualquier parcela que antes habitara la razón.
Si se acercase a mí, si me tocara, quizás no quedase mucho más que esperar, pensé. Tal vez no importe morir tras ese instante en que sueño y deseo se amalgaman y transforman en palpitante realidad. Y esperé con la fe de quien espera algo que ha de ocurrir inevitablemente, sin forzar su desenlace.
Al llegar a mi altura se paró. Ya no existía el Mar. El Sol era una sombra, una duda, una nada. El trotar de las olas eran golpes de sangre corriendo por sus venas. La espuma eran los flujos de sus carnes abiertas. La brisa era su aliento. El calor era el fuego de su piel. Y la luz, su luz, era un sendero abierto a mi destino; era vida, ilusión, referencia, asidero... Me sentía brotar pensando en poseerla: recorrer su piel, succionar sus rincones, penetrar sus puertas y renacer en ella.
Se agachó e introdujo sus manos en el agua. Refrescó sus muslos, su pecho, su rostro... me miró levemente y prosiguió su camino.
Poco a poco se fue diluyendo en el paisaje. Mientras sus caderas se iban estrechando hasta llegar a ser sólo una línea en el pétreo horizonte, el Sol comenzó a brillar de nuevo, esta vez con más fuerza, y el Mar, enfurecido, a gritar su canción sobre la blanda arena.
Un pene erecto luchaba por liberarse del opresivo traje de baño. Permití que el Sol lo acariciara. El Mar comenzó a susurrarme eróticas canciones y la espuma a navegar delirante sus olas, lamiendo el fresco lomo para penetrar luego el receptáculo arenoso de
Mi glande parecía a punto de estallar. Lo rocé con la mano y respondió al estímulo. Comencé a masturbarme, primero lentamente, al ritmo de las olas, sintiendo su lamer, lamer de arenas; después con avidez, volando con la brisa, abriendo de par en par los poros de mi piel para sentirla, para permitir que su frescura se internase hasta lo más profundo de mi ser y me ayudara a liberar resortes y recorrer secretos laberintos de goce dispersos por el Cosmos...
jueves, 23 de agosto de 2007
hermann hesse dixit

DOÑA MAR
DOÑA MAR
A las seis de la madrugada del viernes se propagó la noticia. Ascendió desde el puerto hasta la plaza del pueblo bifurcándose a su paso por las diferentes callejuelas que se asoman a la calle Mayor, arteria principal de la villa, para dejar en los rostros de la gente un rictus de estupor que más tarde se transformaría en asombro y desesperación. Nadie había imaginado que aquello pudiera llegar a suceder. Todos deseaban verlo.
Pedrín terminó de vestirse y apresuró su paso para llegar al espigón antes que la aglomeración de curiosos se lo impidiera. También él quería comprobarlo con sus propios ojos, aun después de haber intentado advertirles, días atrás, que aquello terminaría por suceder. Tan sólo Xuacu le había hecho caso, y eso tras mucho insistir y ver que la cosa se ponía fea. La mayoría ni siquiera le escuchó. Nadie escucha al tonto del pueblo, a no ser para burlarse de él. Esto no había preocupado hasta ahora a Pedrín. “Allá ellos, pior pa ellos si non saben escuchar”. Él sí sabe hacerlo, boquiabierto y con ojos de lechuza al acecho, sobre todo cuando Xuacu le cuenta alguna de sus aventuras. Seguramente por eso la señora se había confiado a él y había decidido que fuera su mensajero: porque sabía escuchar. Y menuda aventura le había contado, tan increíble al principio como la mayoría de las hazañas de Xuacu, el viejo lobo de mar, a bordo de su destartalada chalupa. Pedrín, que jamás olvidaba una historia, realizaba grandes esfuerzos para imaginar los monstruos marinos de sus descabelladas hazañas o los exóticos parajes que Xuacu le describía; pero al final siempre conseguía reproducirlos fielmente en su cabeza y memorizar hasta los detalles más insignificantes.
El día de la aparición de la señora coincidió con el desajuste de la primera marea: la pleamar nocturna del domingo no había alcanzado el nivel habitual en el muelle. Pedrín lo oyó comentar esa noche en la taberna, enfrentadas la extrañeza de los que se habían percatado del fenómeno y las bromas incrédulas del resto. Cuando quiso intervenir para explicar la relación entre el suceso y la misteriosa dama, se rieron de él. Tan sólo atinó a decir que se encontraba en la playa cuando ella apareció, saliendo de las aguas, rodeada por una extraña luz... Una luz parecida a la de esos crepúsculos tristes y moribundos que tanto le gustan a Pedrín a pesar de inundar de melancolía su corazón. Llegó envuelta en una túnica que alguna vez fue blanca, pero que se veía ahora renegrida y salpicada por la misma espuma amarillenta que la bajamar deposita en la arena del puerto.
El lunes por la noche todos eran conscientes del problema. En veinticuatro horas habían perdido casi dos metros de calado en el muelle. De continuar así, las embarcaciones quedarían embarrancadas y los pescadores no podrían salir a la mar, aunque más de uno comenzaba a dudar si merecía la pena hacerlo tras las escasas capturas obtenidas durante los últimos meses, apenas suficientes para combatir el hambre y costear los aparejos de pesca.
- Diz que tá vieya y enferma, que la tamos matandu con toes les porqueríes que tiramus al agua. Necesita un vientre nuevo, el suyo ta medio muertu. Muy pronto nun podrá dar vida. Diz que necesita parir una fía, la fía d’un pescador...
- ¡Vaya con la vieya verde; ja, ja, ja...! - rió Xuacu, enseñando los cuatro dientes cariados que todavía conservaba en las encías. - ¿Y tú pienses que-y valdría yo o querrá un xoven y guapu mozu? Ja, ja, ja...
- Yo non me ríu - protestó Pedrín -, la cosa ye muy seria. Paez medio bruxa. Tou tá cumpliéndose como ella dixu. Lo de les marees y el retiru les agües. Y diz que va ponese pior si nun consigue quedase preñá.
Xuacu posó sobre sus rodillas la nasa que estaba repasando y golpeó suavemente con los nudillos la cabeza del mozalbete.
- ¿Y quién pienses tú que va tener valor y habilidá pa preñar a una vieya?. Rapaz, usa la mollera, nun seas fatu. Pos vaya, si nun apaeció una embustera meyor que yo... A nun ser que tenga ganes de rabu la muy golfa, a la so edá... ¡Po los clavus del Cristu, voy contate...!
- ¡Non me cuentes ná... Tol mundo tómame por fatu; naide me fae casu... Pior pa vosotros; vais pagalu bien caru cuando non podáis pescar...! - dio media vuelta y se alejó enfadado, mascullando una retahíla indescifrable.
Doña Mar, que así había decidido Pedrín llamar a la señora, se hallaba en el sótano del faro, lugar donde el chaval le encontró refugio tras la fascinante entrevista del pasado domingo. Le había jurado no revelar a nadie el escondite, excepto al pescador que aceptara su especial requerimiento. Pensaba hacerle una visita para explicarle lo difícil que le estaba resultando hacerse oír, para contarle que ni siquiera su mejor amigo le creía; pero recordó sus palabras de despedida: “No te preocupes por mí, Pedrín. No necesito agua ni alimentos. Tan sólo ve y cuando regreses que sea acompañado de un pescador.” Además, su curiosidad inicial se había ido transformando en temor a medida que los vaticinios de Doña Mar se iban cumpliendo. De modo que decidió no hacer esa visita.
Hora tras hora, la desesperación de la gente iba en aumento ante el imprevisible alcance del problema. Durante todo el martes se sucedieron las reuniones extraordinarias y las consultas a técnicos y preclaros personajes de la localidad, sin que estos vislumbraran la más mínima explicación racional al fenómeno, y mucho menos la manera de atajarlo. Las autoridades convinieron finalmente convencer al cura de la necesidad de organizar una procesión encabezada por el Cristu Marinero, patrón parroquial y protector de los pescadores.
Al anochecer, el Cristu atravesó la villa en dirección al puerto, aclamado por la multitud, y fue ubicado más tarde sobre un podio que previamente se había levantado en el muelle. Su figura dominaba majestuosa la totalidad de la dársena.
Aguardaron la llegada de la pleamar durante toda la noche, alternando las plegarias con los “culines” de sidra; pero las aguas continuaron retirándose. Con las primeras luces del alba pudieron comprobar que las olas mojaban tan sólo la punta del espigón. Además de encontrarse varados en la arena, ya no podrían pescar a caña o echar las nasas desde el malecón y los enormes bloques de hormigón que un par de días antes protegían a las barcas en el puerto. Aparecían ahora como una construcción absurda, innecesaria... y hasta diabólica, pues no pocos pensaron que allí habría de quedar para siempre, reseca y silenciosa, como mudo testigo de algún castigo divino de origen impreciso pero indudablemente merecido.
Pedrín aprovechó la concentración de personas para hacer oír su reprimido discurso. Encendidos por el alcohol y amargados por la desesperanza, no sólo se burlaron de él una vez más y con mayor crueldad, sino que a punto estuvieron de arrojarlo al vacío. Le libraron los gritos de Xuacu, recordando a los hombres que la mar ya no llegaba hasta allí y la arena no era suficientemente blanda para amortiguar una caída desde más de cinco metros de altura.
Xuacu, muy preocupado por el cariz que estaban adquiriendo las cosas, se alejó con Pedro del lugar y se interesó seriamente por la conversación mantenida entre él y la misteriosa mujer. El joven repitió entusiasmado, literalmente e incluso con puntos y comas, el mensaje de Doña Mar:
“Hola, Pedrín, yo soy
Soy fuente de vida, soy la propia vida y sin mí no es concebible su existencia. Durante millones de años he ido tejiendo la trama de la misma y he contemplado con orgullosa satisfacción la evolución de mis criaturas. Pero algo falló. De repente uno de mis hijos se volvió contra mí e infectó mi vientre hasta tornarlo prácticamente estéril.
Mírame, estoy vieja y enferma. He envejecido en este último siglo, por culpa de los hombres, a un ritmo desconocido y de consecuencias desgraciadamente irreversibles. De entre todos ellos, es con el pescador con quien he mantenido siempre una relación más estrecha y apasionada, de amor y odio, de resentimiento y respeto a la vez. Y es también quien más me necesita, a pesar de haberse alejado de mí en los últimos tiempos, a pesar de haberse transformado en un saqueador innoble y avariento... Necesito una hija, tan sólo una mar joven y sana puede salvar
Paulatinamente, me retiraré de su playa, dejaré de mecer su barca, me apartaré de su vista y jamás me recuperará si antes de una semana, es decir, de la próxima tarde de domingo, no ha hecho el amor conmigo.
Ve y cuéntale esto a muchos pescadores. Aunque sólo uno es necesario, sé muy bien que costará trabajo encontrar quien te crea y más aún quien se ofrezca. Únicamente aquél que te escuche y comprenda será digno de mí, pues habrá demostrado que todavía conserva, como tú, la inocencia...”
- ¡Ostres, Pedrín, si falas cristianu cerrau!... Eso non pudiste inventalo tú...
- Da-y que da-y... ¡¿ye que non vais creeme nunca, coñe?!
- ¡Po los clavos del Cristu...! Paezme que voy tener una charra poco amistosa con esa bruxa amiga tuya...
El viejo marinero mesó sus canosas y ensortijadas barbas y frunció el ceño, realzando al hacerlo las grietas que el tiempo y la sal habían labrado en su rostro a lo largo de cincuenta años cosechando la mar. Meditabundo, mientras observaba las olas salpicar apenas las últimas piedras del espigón, continuó:
- Pedrín, esto ye cosa seria, ties razón, pero si lu contamos per ahí van tomanus por llocos. Ella dionos de plazu hasta el domingu. Tiempu al tiempu. Si les agües siguen baxandu, el viernes vamos ver la bruxa, ¿ta claru?
- Oye Xuacu, ¿nun val que vayas tú solu? Non se m’apetez muncho vela...
- ¿Serás pazguatu?¿y quién va presentámela?...Vamos los dos xuntiquinos. Non me digas que-y ties mieu... Ja, ja ja - rió el lobo de mar a la vez que notaba un respingo recorrerle la espalda.
Cuando Pedrín llegó al puerto esa madrugada de viernes tras escuchar la noticia recorrer las calles como un aluvión, un numeroso gentío abandonaba el espigón en dirección al faro. Buscaban un punto más alto desde donde divisar la mar.
Se cruzó con Xuacu, que avanzaba como un alma en pena entre la multitud. Lo siguió y una vez arriba contemplaron juntos la tragedia: toda la plataforma del Cantábrico, hasta donde alcanzaba la vista, no era más que un páramo inmenso salpicado de rocas y pequeñas lagunas, ondonadas que se mantenían con agua todavía.
Muy a lo lejos, casi en la línea del horizonte, creían ver un gris plata oceánico que también pudiera ser simplemente un espejismo. Las mujeres lloraban como plañideras en un monumental entierro y los hombres miraban sin ver la lejanía, con ojos neblinosos y un definitivo asombro en su semblante.
El párroco exigió fe y serenidad y conminó a sus feligreses para que apiñados fueran todos a rezarle al Cristu, que permanecía en el puerto, tan triste e impotente como la misma noche que lo izaron.
Poco a poco el lugar fue vaciándose de gente. Xuacu y Pedrín se quedaron al fin solos, mirándose con una mezcla de espanto y complicidad.
A través de la trampilla de la carbonera se introdujeron en el sótano del faro en busca de Doña Mar. Ésta los recibió sonriente, rodeada de un inquietante y luminoso halo visible en la penumbra de la desordenada estancia.
- Al fin lo has conseguido, Pedrín. Veo que te acompaña un pescador veterano. Hemos compartido tantos momentos, querido Xuacu...
- ¡Po los clavos del Cristu...! ¿Pue sabese de qué me conoz usté?
- Una madre conoce a todos sus hijos, por numerosos que estos sean.
- ¡Madre mía!...Bueno, señora, dexémonos d’hestories y vamos al asuntu. Si fae falta sacrificase pa salvar la mar, pues faigamos de tripes corazón y p’alantre. Y tú, Pedrín, espérame fuera, qu’esto non ye pa guajes.
En cuanto el mozo desapareció por la trampilla, Xuacu se acercó a doña Mar, lento y tembloroso como si caminara por el mástil de proa, sobre la mar plagada de tiburones de alguna de sus fantásticas historias. Sin embargo, la sonrisa de la mujer ofrecía confianza y a pesar de su repugnante túnica y de su blanca y alborotada cabellera, en sus ojos brillaba una verde ternura y su boca destilaba una frescura no lejana.
Xuacu cerró los ojos y posó sus labios en los de ella. Al abrirlos de nuevo, doña Mar había desaparecido. Miró a su alrededor, medio aturdido. Removió después cajas y trastos amontonados allí durante años. Estaba solo. Vinieron a su mente leyendas de burlonas xanas encantadas que escuchara de niño, al calor del fuego del hogar en el invierno, si bien nunca había oído hablar de una xana marinera... Salió corriendo al exterior.
- ¡Rapaz, po los clavos del Cristu, ¿non viste salir a la bruxa?
- Per aquí non salió naide, Xuacu.
-¡¡¿Tas seguro?!!
- ¡Xúrote que nun quité’l gueyo de la trampiella...!
- ¡Esto ye coyonudo, ¿pues non desapaeció la muy cabrita?!... Agora que taba yo entrandu en calor...
- ¡¡¡ Mira, Xuacu, mira...!!!
Una mujer cubierta con una túnica de deslumbrante blancura, caminaba por la playa en dirección a ese horizonte que todos escrutaban. La brisa mecía su larga cabellera azul y a medida que avanzaba, el agua la iba cubriendo lentamente.
La gente contemplaba alborozada lo que parecía significar el inminente retorno de
Únicamente ellos poseían una particular idea de su identidad, aunque no supieran con certeza si se trataba de una xana que los había utilizado para desencantarse o de la propia diosa de
El domingo, día de la fiesta del santo patrón, Xuacu ofreció en la taberna una de sus mejores aventuras, como acostumbraba en fechas señaladas, pero eludió relatar la de la xana marinera, pues el día anterior había notado que algunos marineros le daban la espalda y se alejaban del grupo murmurando.
Pedro se hartó de las risas que suscitaba en la gente el mensaje de Doña Mar, debido sobre todo a que no estaban habituados a escucharle hablar en tan extraña lengua. Era de tontos empeñarse en predicar un discurso que le hacía parecer más tonto. Aprendería a olvidar una historia.
Las autoridades decretaron siete misas oficiales en agradecimiento al Cristu Marinero. Los dos prefirieron unirse al homenaje y rezarle al santo patrón, como el resto del pueblo, y como el resto del pueblo olvidar que una vez les había abandonado
miércoles, 22 de agosto de 2007
ISLAS

ISLAS
Atravesando el mar de la imaginación se pueden observar -no sin asombro- innumerables islas de carne y desconcierto que soportan heroicamente los embates del agua en sus vulnerables flancos y los pútridos vertidos que cada marea deposita sobre sus un día blancos arenales.
Tan sólo esperan -a pesar de que el tiempo jamás fue su aliado- la conjunción astrológica, el imposible istmo que las acerque y funda en única morada, escollera común, alianza continental de acantilado frente a la tempestuosa e imperante barbarie universal.
Dedican, mientras tanto, ilusionadas horas a sembrar nuevos sueños sobre el yermo paisaje de su rocosa estirpe -árida de acechanzas- y aguardan sus semillas que la lluvia anhelada germine las desiertas entrañas y florezcan cual viva realidad, flores del primer sueño, que
martes, 21 de agosto de 2007
MI PLAYA
MI PLAYA
...
La playa que yo busco
está lejos del mar y de la arena,
lejos del tiempo y las estrellas,
lejos de ti,y de mí...y de ella.
...
La playa que yo busco
está cerca de la ola
que me arrojó a tus brazos,
de la duna donde sentí
gozar a tus sentidos,
del astro aquel,
testigo de mi lágrima adúltera.
...
La playa que yo busco
está en aquellos seres
que jugando a ser dioses
perdieron a mordiscos
pedazos de su inmortalidad efímera.
...
La playa que yo busco
son tan sólo jirones de sí misma
y de quienes un día se bañaron en ella
y curtieron su piel.
...
Reserva sus arenas para los perdedores,
para los que saben que perder
es buscar el origen,
para quienes miran atrás,
para quienes sienten y se sienten.
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La playa que yo busco...
Quizás me encuentre un día.
lunes, 20 de agosto de 2007
damego dixit

NEPTUNIA
NEPTUNIA
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Antes del reptil y de la ameba,
mucho antes que un ser vivo
pudiera concebirlo,
ya había movimiento,
ya un secreto latir
impulsaba las olas
y ya silbaba el viento.
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La misma ondulación
y el mismo silbo
que hoy desmadejan tu pelo de medusa
y mueven tus caderas
al ritmo de una mar embravecida.
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Eres de agua, mujer,
tus humedales portan la sal del mar
y tus arenas aguardan impacientes
que arribe la marea y las inunde.
...
Aguamarina sosiego del espíritu,
acaso oasis o acaso un espejismo
donde implacables dunas de deseos
vuelcan en tus brazos la esperanza
de saciar una sed indescifrable.
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Si es mucho lo que de ti se espera
y de tus aguas,
no es menos lo que de ti se teme:
la galerna.
viernes, 17 de agosto de 2007
hermann hesse dixit

SOBRE LA SOLEDAD

SOBRE
Viajamos solos. Madurar es aprender a estar solos, entre la multitud o en el desierto. Es aprender que nuestro viaje a ninguna parte se inicia desde la soledad uterina y termina con el último latido en soledad, sin que nada ni nadie pueda consolarnos porque la primera y la última luz de nuestra conciencia se ciernen sobre nosotros mismos, nos obligan a pensar exclusivamente en nosotros, la una para sorprendernos con el sentimiento de nuestra propia existencia y la otra para convencernos finalmente de nuestro efímero y azaroso paso por la vida. El morir, como el nacer, a todos nos iguala porque nacemos y morimos de la misma manera: con el primer aliento y el último latido en soledad.
La distancia entre ambos puntos, eso que llamamos la vida y que tan diferente nos hace a unos de otros, es tan sólo producto del azar. Del azar y de nuestra capacidad para estar solos. Aterra al hombre contemplar la inmensidad del Universo y sentirse tan diminuto y vulnerable al caos creador: bastaría el coletazo de un cometa para borrarlo de la faz de
Y porque nos preocupa el estar solos creamos vínculos y nos cargamos de cadenas que juramos de fiel y perpetua alianza, mentirosos perfectos que somos pues sabemos desde los primeros pasos que el camino no es único sino se abre como el delta de un río en múltiples estelas acuosas, donde soplan las ráfagas de un viento renovador que nos arrastra cuando menos lo esperamos hacia nuevos escenarios, nuevos paisajes, nuevos rostros donde espejarnos y sentir que realmente estamos vivos.
Esas cadenas convierten las relaciones humanas en un puro chantaje, un mero antídoto contra la soledad. Y les ponemos reglas, normas inamovibles que nos hagan sentirnos más seguros, que nos aten con fuerza a un suelo conocido porque volar es libre y el pájaro no sabe de trampas ni de abismos y ni siquiera sabe que al fin ha de morir.
A quienes no interesan tales reglas ni el suelo yermo que espléndidos cedemos sino prefieren hollar otros parajes, lejos del soporífero calor de la manada, les colgamos del cuello el cartel de la locura, del soñador idiota, y levantamos frente a ellos altos muros de desprecio y desconfianza para evitar su contagiosa y a la postre envidiable manera de vivir.
Por temor a morir en soledad nos aniquila la tarde cada día que dejamos de vivir como soñamos y por temor a nacer solos con cada amanecer, hacemos de la vida una mentira.


