domingo, 31 de agosto de 2008

tunelados


"En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida" (De " El Túnel")



MEMORESCENCIAS 46

Pensaba en mis mujeres y se me caía el cielo encima. A mí, tan infernalmente sumido en mis miserias.
Pensaba en mi psicóloga, en mi anarquista del alma que me había enseñado a interpretar el mundo que nos había tocado vivir, que tanta sabiduría había aportado a nuestra relación, y me parecía una bestia infame, sin piedad, inacabada...
Pensaba en mi pelirroja inglesa, tan ajena a la realidad que me había alejado de su piel y de sus hijos, de mis hijos, que no vería crecer ni podría comunicarles algo más que unos putos genes casuales.
Pensaba en mí y me veía tan desvalido e impotente para cambiar el curso de mi historia que me daba miedo de mí mismo y de lo que había hecho con mi vida: ¿era realmente consciente de todo lo que había perdido, y sobre todo, del origen de esa pérdida...?
Una cosa sabía: si las amaba de verdad lo mejor era desaparecer, no por miedo a enfrentarme a denuncias o reacciones irresolubles, sino por amor, un amor que se fue transformando en odio a medida que me alejaba de su mundo, de mi mundo, y me sentía traicionado por una y olvidado por la otra.
Toda mi vida había estado guiada por las mujeres que encontré a mi paso. No me resultó difícil dejarme guiar por aquella mulata de ojos inmensos que me animaba a palpar sus carnes y sumergirme en sus mareas.
Cuanto más avanzaba nuestra relación, más fuerte me sentía, más sentía cómo renacía mi hombría y mis ansias de poder, un poder que ya no pasaba por arrebatar la vida ajena, sino por poseerla.
De manera intuitiva, comprendí que lo único que podía hacer era esperar: dejar pasar el tiempo y que la distancia hiciera el resto: la esperanza es un estado de desesperación.
Y me fue tan fácil amar lo que iba reconciliando en mi memoria como odiar hasta el olvido lo que una vez pensé que duraría hasta la muerte.
Aquella mulata no podía devolverme mis pérdidas, pero fue una delicia dejarme arrullar por sus gemidos y encontrar el amor en la pura sustancia, en la dulce profundidad de su piel, que con el tiempo, con ese mismo tiempo de mi desesperanza, aprendería a venerar.
Las relaciones que su familia mantenía con poderosos estratos del gobierno y del empresariado emergente a la búsqueda de un consenso nacionalista que le devolviera al país la fe en sí mismo harían el resto y me acercarían a ese poder que tan sólo había sido algo confuso y aborrecible en mi vida anterior: el poder político.

jueves, 28 de agosto de 2008

la paz desmayada


"La paz obtenida con el filo de la espada no es más que una simple tregua"






MEMORESCENCIAS 45

Era una mulata de tercera generación, descendiente de una abuela jamaicana y un abuelo holandés que había llegado al nuevo mundo perseguido por el primero, acusado de diversas estafas y falsificaciones varias con el contenido de los barcos que iban y venían, funcionario del puerto con imaginación y ganas de prosperar. Lo exiliaron a buscar mejor fortuna en los barcos que navegaban el Orinoco y terminó traspasando fronteras fluviales en los negocios del caucho, tan prósperos en aquella época, lo cual no resultó tan negativo porque acabó convirtiéndose en un prohombre de la ínsula boscosa de Manaos, paciente en el recibo del líquido dorado, pero imprescindible en los mercados europeos y norteamericanos con el despegue de la locomoción automovilística.
Su abuela conocía todos los secretos del sincretismo budú cristianizado y lo mismo leía el porvenir en los posos del café que descifraba el tiempo que restaba a cada cual en las patas de pollo arrancadas de cuajo a las gallinas sacrificadas para un buena cazuela.
Su padre se metió rápidamente en la política, aprovechando el empujón mediático de sus progenitores, y su madre se dedicó a la jardinería, pues no pocas hectáreas de buena tierra fértil le fueron legadas, como hija única de un cacique de la zona y además casadera sobrenatural, pues se decía de ella que ni la virgen maría poseía la dignidad y el carisma para engendrar un ente más luminoso que ella misma.
Tanto era así, que nadie se atrevió a cortejarla más que un aventurero araucano del que se decía que había descendido las aguas del salto del ángel con los brazos en cruz.
Y de esa cruz sobre su cuerpo de aguas derramadas al son de sus canciones araucanas, nació ella, mi gran amor americano, con la tez morena de la castaña madura, el pelo rubio y liso y unos ojos azules que parecían robarle la luz en la noche a las estrellas. Y esquiva para los hombres como lo fue su madre.
Nos conocimos en el club náutico, un residuo de lo que fuera en otro tiempo lugar de entretenimiento para las élites políticas y econónomicas y que ahora era simplemente un lugar de reunión para los extranjeros, funcionarios y empresarios con ganas de compartir ideas y algún que otro concepto, pero sin pasarse, entre la ironía y el escepticismo incipiente en un país con la economía a la deriva.
Celebrábamos algún centenario bolivariano, con Hugo Chávez llegando al escenario, aderezado con la mejor fauna militar del momento, cuando entre una costilla y otra coincidimos al abrir una de las cavas de cerveza helada, sumergidas en hielo.
Nos miramos y el mundo se paró: dejó de girar, os lo aseguro, yo mismo sentí el impulso de la inercia y me encontré turbado entre sus brazos.
Me sujetó, como quien abraza a un suicida a punto de caer en el abismo. Sé que vio mi caída, sé que la contempló más allá de la hierba, de aquel jardín regado sin descanso, protegido del sol incandescente durante las horas muertas y desoladas de la temporada seca hasta la tarde.
Y algo debió de ver, más allá de mis ojos, más allá de mi perdido norte en tierra extraña: ¿eres tú el español que anima con sus actos los sueños de mi gente?...
¿Y tú eres aquella que anima con sus sueños los actos de los dioses?...
Y así, sin más, nos dejamos llevar como niños por una inercia ya concluida y rodamos por la hierba uno encima del otro, riendo a carcajadas y sin perder de vista la mirada del otro, durante un buen rato, hasta que nos dimos cuenta que todas las miradas estaban pendientes de nosotros. Nos tomamos de las manos y nos ayudamos a levantarnos.
Volvimos a la nevera de poliuretano, sacamos dos cervezas y brindamos por nosotros, por lo que habíamos vivido, tan intenso, y por lo que nos restaba por vivir, que en ese momento creímos largo y maravilloso.

lunes, 11 de agosto de 2008

cuestión de mujeres


“En casi todos los países, las mujeres, son esclavas; y hasta que ellas no estén completamente emancipadas, nuestra libertad será imposible”


Bakunin

MEMORESCENCIAS 44

Pero era Maracaibo mi destino. A mis treinta y cinco años sabía lo suficiente como para permitir que el dinero se metiera en mis bolsillos sin titubeos y me librara de la infamia universal, la cual puede parecer muy borgiana, la frasecilla, pero ahí está con todas sus consecuencias. Yo lo sabía mejor que nadie: si tienes dinero no te pueden machacar, ni siquiera tu propia familia, ni las mil firmas de los mil mejores prohombres del planeta, y mucho menos los mil mayores hijosdeputa navegando a tu alrededor.
No me interesaba New York, repleta de fantasmas... Pasé dos noches y tres días deambulando por sus calles, entre sus enormes mausoleos de acero y de cristal, con sus dos torres gemelas aún incólumes, como un presagio de la caída que sufrimos los héroes, o así me sentía yo ante mi propia soledad sin derrumbarme.
Recorrí las calles lorquianas sin encontrar en ellas ningún misterio subliminal que atesorara ese montón de poemas muertos, y resignado me encaminé de nuevo al barco, a ese barco que me llevaría a la conquista técnica de las plataformas del gran lago, un lago que para los indígenas primigenios era un mar, un mar donde se acababa la tierra, antes, mucho antes de que la posesión de hidrocarburos significara una manera de estar en el mundo, una manera de presentarse más o menos protegido ante el devenir del poder global y sus representantes. Entrábamos en los noventa, y todos conocíamos cuál era el discurso y quienes lo dictaban tras las grandes crisis de las dos décadas anteriores. Occidente, y sobre todo las grandes corporaciones norteamericanas, no estaban dispuestas a someterse al criterio de ninguna opep que les acercara al callejón sin salida de los precios marcados por los propietarios del oro negro. A esas alturas ya los tenían embargados hasta los huevos con préstamos multimillonarios y dependían de la industria yanqui hasta para recambiar una tuerca.
Bueno, en realidad todo este discurso me la traía bien floja en aquel momento.
Lo que yo pretendía en primer lugar era recomenzar mi vida, encontrar un buen trabajo para el que me sentía bien cualificado, blindar en dólares mi contrato para protegerlo de los avatares del bolívar, y sobre todo reincorporarme al sentir y al sentido de la propia vida, que para mí pasaba por hallar una mujer en la que sumergirme y lamer mis heridas, aunque fuera, como suele suceder a esa edad, lamiendo las suyas.
De manera que me entregué en cuerpo y alma a mi labor de superar todos los records de producción de la planta en la que fui contratado, por supuesto con mi falso título de ingeniero técnico que a los pocos días nadie se atrevió a poner en duda.
Rediseñé los equipos de extracción hasta lograr la eficacia de los ingleses e impartí cursos de formación para los trabajadores autóctonos. Incluso me gané la simpatía de mis colegas y de la gente que trabajaba conmigo, porque ya no me sentía dolido con el mundo, con aquel mundo, sino que pretendía renacer al calor del trópico y de todos los enigmas que se me plantearan, más allá o más acá de cualquier lógica predefinida.
Enseguida los fines de semana se transformaron en fiestas interminables donde acabábamos bailando salsa y charlando hasta el amanecer, rociados por una mezcla de costillas de cerdo, cerveza y ron de caña para el mamoneo final.
El espíritu festivo de los venezolanos y de otros sudamericanos que me fueron presentando me devolvió la alegría de vivir, y los encantos de algunas señoritas me devolvieron la sonrisa y las ganas de armonizar con ellas, es decir, de empezar de nuevo a follar.
La mezcla de indias, africanas y europeas creaba unos contrastes casi imposibles de imaginar, en algunas de una belleza tan sobresaliente que daban ganas de llorar, de reír, de amar simplemente un rostro, o en ocasiones también un cuerpo escultural.
Es inimaginable para alguien que no lo haya visto, para alguien que no haya tenido la inmensa suerte de pasar por allí.
Y por supuesto, me enamoré.



sábado, 9 de agosto de 2008

logros


"La dura realidad es una desoladora confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones, pero siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas, que en sus vidas y en sus obras alcanzan pedazos del Absoluto, que nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades." (Antes del fin, 1999)


viernes, 8 de agosto de 2008

MEMORESCENCIAS 43

Le dije a la inglesa, a mi pelirroja del alma, que no podía continuar con mi trabajo, que tras cinco años de pelearme con la burocracia del cuarto poder, de ese poder psiquiátrico, tan desconocido como mezquino e intransigente, necesitaba irme, aunque eso determinara la ruptura temporal del triángulo amoroso y de la necesidad de educar y ver crecer a mis hijos.
Lloró sobre mi pecho y me deseó lo mejor. Vuelve pronto, me respondió.
Jamás volveríamos a vernos. Sabía que las amenazas de la psicoanalista no eran vanas, pero en lo más profundo de mí sentí además una necesidad de renovación, en todos los ámbitos, sobre todo en la difícil relación que se me planteaba con las mujeres, después de haber amado a dos tan intensamente, después de haber sido expulsado del paraíso.
Por primera vez sentí la soledad como una puñalada, como un elemento extraño e indeseable que abarcaba todo mi ser.
Y sentí a la vez que era algo merecido, que tenía que pagar de alguna manera por lo que le había hecho a otros seres, se lo merecieran o no. Y, sobre todo, por lo que había disfrutado con ello.
Llamé al capitán y me embarqué de nuevo en las plataformas petrolíferas, no con él, porque tenía sus plazas cubiertas, pero no dudó en recomendarme a una nueva explotación.
Nos las arreglamos para enrolarme como técnico de grado medio, en lugar de mero oficial electricista. Los dos sabíamos que no íbamos a defraudar a nadie, y de alguna manera se sentía agradecido y le agradó hacerme ese favor.
Y allí estaba de nuevo, en medio de la niebla y el dolor, pero esta vez como un animal herido, más cercano a la muerte que a la propia vida y permitiendo que el trabajo fuera mi única excusa para sobrevivir.
Conocedor del idioma y de la idiosincrasia local, utilicé todos los mecanismos posibles para joder al personal y hacerme lo suficientemente aborrecible como para que me odiaran profundamente, tanto la gente sobre la que ejercía mando como la que simplemente veía en mi eficacia una manera de acumular poder.
A los seis meses me dieron una baja incentivada y se libraron de mí, algo que no se me ocurrió rechazar porque en el fondo era lo que estaba buscando.
Me embarqué en un mercante que hacía escala por allí programadamente para dejar víveres y repuestos industriales y me largué lo más lejos posible, camino de las américas.
La estatua de la libertad me recibió como a un puto náufrago sin destino y sin la más mínima idea de lo que me iba a acontecer, algo tan incalculable como maravilloso, y aún es el día de hoy que me pregunto qué habría sido de mi vida, qué empequeñecida habría sido, si no hubiera tenido la suerte de sufrir esa experiencia.





martes, 5 de agosto de 2008

anexos

“‬Todo Estado es anexionista por naturaleza.‭ ‬Nada le detiene en su marcha invasora,‭ ‬como no sea el encuentro de otro Estado.‭ ‬Los más ardientes apóstoles del principio de las nacionalidades no vacilan en contradecirse,‭ ‬si lo exigen los intereses y,‭ ‬sobre todo,‭ ‬la seguridad de su patria‭”

Pierre-Joseph Proudhon

MEMORESCENCIAS 42

Formábamos grupos compactos, con un psiquiatra en la cabecera y varios asistentes sociales, por lo general chicas, cuyo número dependía de la densidad demográfica de la zona. Las ciudades se dividían en barrios o distritos y abarcaban bares, lugares de copas o de diversión bien adjudicados, aunque transgredibles dependiendo de las necesidades reales con los diferentes "pacientes" , a veces más intuitivos o conocedores de su acecho sistemático y de las personas que lo ejercían. En estos casos siempre se agregaba un elemento disuasor de fuerza bruta, un tío bien cachas o con cara de asesino. Tengamos en cuenta que era necesario meterles en principio el anestésico o anterógrado en la bebida o el tabaco, para después proceder a la inoculación de los psicotrópicos precisos en la misma bebida y además en la epidermis, acción ésta imprescindible para una actividad más relajada, pues un depósito epidérmico se traducía en semanas de enajenación mental, inseguridad e impotencia para realizar una escapada o tomar alguna decisión imprevista, como no fuera el suicidio. Muerto el perro, se acabó la rabia. A la familia se la prevenía de esa pequeña posibilidad desde el principio, como un mal menor. Los teníamos cojidos a todos por las pelotas.
Aquella educadora social, como más tarde se llamarían, era una morena de ojos negros de gata resabiada e indulgentes con la manera de mirar a su jefe y escalar en la cadena de mando.
En cuanto le eché la vista encima se me metió en la cabeza: sería ella, no cabía duda, mi próxima víctima.
Estaba dispuesta a todo. Tras el primer sondeo supe que odiaba a los hombres y que daría su vida, su cuerpo y lo que hiciera falta con tal de jodérsela, la vida, a uno cualquiera con el menor pretexto.
Pero no fue por eso que la elegí, sino por sus ojos de gata y su cuerpo felino, de movimientos suaves y precisos, como si calculara en todo momento dónde iba a dar su próximo paso.
Y me acordé de los acantilados. Unos acantilados cercanos, interesantes para cualquier persona llegada de afuera y con el suculento añadido de invitarla a un plato típico de la zona, concretamente a unas llámparas en salsa choricera y picantona.
Antes de comer y de que nos vieran juntos le propuse conocerlos. Una caída de unos cincuenta metros en los sitios más alejados, donde nadie pudiera vernos en un día de semana laboral.
Un cielo claro, pero invernal, nos miraba atónito, nada sorprendido de nuestros abrigos que nos protegían de un viento norte desalentador para un agradable paseo. Sin embargo, era más fuerte su deseo de mostrarse complaciente con su jefe y seguirle en su caprichoso deseo de mostrárselos, los acantilados, en toda su agreste profundidad.
Es seguro que esperaba algo más, una aventurilla, una relación íntima, por su excitación verbal y su manera de comportarse.
La empujé como si fuera un accidente, un tropiezo en el camino orillado al abismo.
Quedó colgando, agarrada a unos arbustos en el mismo borde, con las piernas colgando y pidiendo socorro.
Me agaché, la tomé de las manos, y en ese preciso instante, con mi polla fría como un témpano, supe que no iba a disfrutar con aquello, que se había terminado el placer.
La subí, la abracé y le pedí perdón, mientras ella me rogaba que la llevara a su casa y pospusiéramos la comida.
Eso hice. Y fue tal mi decepción, mi confusión o mi cabreo, que esa misma tarde, antes de que la chica aireara su versión de los hechos, se lo confesé casi todo a mi anarquista. Y menos mal que no se lo conté todo: los casos anteriores.
No creas que me pilla muy desprevenida, me respondió, sé que nunca estuviste en un curso en Madrid y he seguido los destinos de los hijoputas que me jodieron. A dos de ellos les envié yo misma un par de putas estupendas pero infectadas de vih. Te lo agradezco en el fondo, lo del hostal, ahora ya estoy segura que fuiste tú, pero no quiero volver a verte jamás, no puedo vivir con ello, y mucho menos con esto otro, tan gratuito, tan de psicópata, por dios, no entiendo cómo pudiste engañarme tanto y durante tanto tiempo.
Quiero que salgas de nuestras vidas, ya. Si lo haces así y no planteas problemas, este será nuestro secreto. Si no, ya te lo puedes imaginar...
La inglesa nunca sabrá nada, cuéntale cualquier historia, que tan bien se te dan, pero desaparecerás de su vida también y de la vida de tus hijos. No existes. Adiós.


viernes, 1 de agosto de 2008

transiciones


“El Estado es una institución histórica transitoria, una forma pasajera de la sociedad”



Bakunin

MEMORESCENCIAS 41

Trabajábamos en tres frentes: Los locos expulsados de los internados psiquiátricos a la hora del cierre institucional y que por uno u otro motivo habían decidido dejar la medicación y alejarse de los nuevos centros de salud mental; los demenciados emergentes que familiares o amigos decidían que se estaban matando a base de pelotazos de una u otra sustancia; y la coordinación con el Sistema, de aquellas subvenciones o "imaginativas" propuestas que nos llegaban de entidades privadas, a veces opositadas por la Asistencia Social y otras veces recogidas directamente de grupos que en ese momento cuadraban con la política de drogodependencias diseñada por el ministerio. Y todo esto mucho antes de que se proclamaran por los sectores más conservadores y se aprobaran con el beneplácito higienista de los grupos más liberales, cualquier tipo de ley que restringiera el consumo habitual de drogas, legalizadas o no, de este país.
A mí me tocó dirigir el segundo grupo, es decir, el de los familiares y amigos que decidían que alguien se estaba matando, se estaba haciendo daño, o en el peor de los casos estaba haciendo daño a otros a causa de un desajuste en su equilibrio emocional o un brote psicótico derivado de una experiencia ocasional, como puede ser una separación de pareja, la pérdida de un trabajo o la muerte de un familiar.
De repente el individuo se sentía desamparado, deprimido o resentido con la sociedad y comenzaba a crear problemas en su entorno inmediato, problemas que afectaban a veces gravemente a la gente que tenía alrededor, a aquellos a los que más quería y con los que compartía sueños e inquietudes que de repente veía desmoronarse.
Si ya era difícil aceptar que a una persona que ha decidido dejar su medicación para sentirse vivo, para sentirse tal cual es, se le introdujeran psicotrópicos, medicamentos y extracciones sanguíneas sin su consentimiento, podéis imaginar lo difícil que era decidir poner fuera de juego a una persona normal, a un trabajador, a un padre o una madre de familia que está pasando un bache y coyunturalmente estorba al personal.
Pero así era. Se le hacía un seguimiento previo, se calculaba la cantidad de alcohol, tabaco, cocaína, marihuana o cualquier otra sustancia que se metiera alegremente en el cuerpo, se le sacaban unas fotos comprometedoras y si se prestaba al guión se le grababa una película en medio de una buena borrachera, una movidilla de esas tardías en la que pareciera que no iba a encontrar su casa, para convencer a su familia de que ese sujeto necesitaba una buena limpieza y una nueva reinserción, todo bajo la custodia y el presupuesto del Estado, bajo la supervisión de los mejores agentes especializados, o de lo contrario podría sobrevenirle en breve una apoplejía, una cirrosis o cualquier otra enfermedad terminal de la que ellos deberían hacerse cargo y cuidarlo tirado en una cama o en una silla de ruedas para el resto de su puta vida. Y firmaban, vaya si firmaban los muy cabrones.

martes, 29 de julio de 2008

agnósticos

“Cuando el ser humano examina la religión desde un punto de vista crítico y en lugar de obediencia y temor ciego busca convicciones basadas en la razón, esa condición no puede mantenerse mucho tiempo. La contradicción interna es una sentencia de muerte para toda ética, un gusano que roe la energía del hombre”

Piotr Kropotkin

MEMORESCENCIAS 40

Mira, cariño, querías ayudar a la gente, te parecía algo más importante que tu profesión de electricista. Si yo me fui de ahí hace tiempo es porque algo me olía muy mal. Si te he ayudado a conseguir tu puesto es porque pienso que alguien tiene que hacerlo, pero yo, desde luego, no. Si tienes estómago suficiente y la cabeza tan fría como aparentas, es posible que logres hacer un buen trabajo, te lo repito, alguien tiene que hacerlo, no queda otra.
Bueno, mi querida psicoanalista, supongo que esto es como cuando te afilias a un partido o un sindicato y resistes hasta donde te llegan los huevos. Luego te vas o te quedas y tragas de todo hasta cobrar la jubilación.
Algo así, campeón, pero trabajando con material de segunda, con gente que te va a dar lástima y con la que te vas a sentir un buen hijoputa en algunos momentos.
Qué pasa, ¿no te lo dejaron bien claro en aquel cursillo que te ofrecieron en Madrid?
Pues la verdad es que no. Estaba todo muy encriptado. Apenas empiezo a vislumbrar su alcance filosófico y la capacidad disuasoria de los protocolos.
Estábamos los tres, en la sobremesa, tomándonos unos cafés y comentando mis inquietudes sobre mi nuevo puesto de trabajo.
La comunicación seria se trataba siempre a esas horas, relajados tras una buena comida que preparábamos cada uno en semanas alternativas. Era pleno verano, los alumnos de inglés estaban de vacaciones y la mayoría de los pacientes de mi rubia habían buscado una excusa para prescindir de ella, o al revés, pero de cualquier forma yo era el que estaba más ocupado, integrándome y jodiéndome con la valoración de mi supuesto chollete currador.
La cuestión fundamental, dijo la inglesa, que hasta entonces no había abierto la boca, es si la salud es un derecho del ciudadano o una obligación del mismo para con el Estado. Quiero decir que si de aquí en adelante vamos a ser responsables de nuestra manera de vivir o alguna abstracción suprema va a dirigir nuestros destinos y nuestra manera de estar en el mundo.
Querida, nunca hemos sido libres más que cuando estábamos inmersos en alguna revolución y el Estado había sido abolido, le contesté. Y tras esos breves momentos, siempre ha reaparecido el control estatal para recordarnos que solos no somos nadie. O para imponérnoslo.
Cierto, dijo la psicoanalista, pero no por eso deja de ser la cuestión fundamental, como dice ella. Y quizás, mi amor, ahí estribe tu preocupación, tu pesar y la paradoja de tu trabajo: ¿puedes ayudar a alguien contra su propia voluntad de no pedir, de no desear ayuda?
Yo recibo a diario personas que desean mi ayuda, que son conscientes de que la necesitan. No estoy fragmentada porque sé que esa gente viene a mi consulta por propia voluntad. Y vuelven, lo que significa que les hace bien, que mi trabajo, para ellos, y por tanto para mí, es incuestionable.
Y con esto no quiero echar por tierra tu trabajo, ya te dije que alguien tiene que hacerlo. La cuestión es saber si tú eres la persona adecuada, si realmente estás preparado para joder a la gente intentando ayudarla.
Acabas de llegar, te vas a encontrar con un montón de contradicciones, pero eres fuerte y quizás puedas llevarlo adelante. Y cuando decidas dejarlo, vas a tener todo nuestro apoyo y te vamos a seguir adorando como siempre, hagas lo que hagas, tontín, anda, danos un beso y sigue tu camino.
Sí, amor mío, no te lo tomes como algo personal, ya sabes que somos eslabones de esta absurda cadena, dijo la pelirroja. Yo enseño inglés a gente que nunca lo va a necesitar, ella supervisa las paranoias de pacientes incurables y tú bien puedes controlar a los que se le escapan, ¿no te parece? ja, ja, ja. Venga, acabemos la conversación y follemos como locos, ja, ja, ja, o es que no os ha puesto cachondos tanto control sobre el personal, ja, ja, ja...
Y así, entre risas y guiños y meteduras de mano, acabamos echando un hermoso polvete vespertino, aprovechando la siesta de nuestros retoños.

viernes, 25 de julio de 2008

leyes


"Leyes: Sabemos lo que son, y lo que valen. Son telarañas para los ricos y poderosos, cadenas de acero para los pobres y débiles, redes de pesca en las manos del "gobierno."




MEMORESCENCIAS 39

El entierro de mi padre fue el acabose. Todas las mujeres de la familia pusieron alguna excusa, las mías tenían la mejor con ese nuevo hijo y la depresión coyuntural de la madre, que necesitaba tanta ayuda como el bebé, yo me lo tragué todo sin remisión porque no se puede ir al entierro de un hijodeputa si no es imprescindible.
Mi hermana apareció por allí unos instantes, dejó un ramo de doce rosas y se largó sin que me diera tiempo a pedirle el perdón del viejo, porque bastante tenía con pedirle el mío y ni siquiera eso me salió. Se fue.
Mi hermano mayor me contó que le iba de puta madre, que estaban a punto de ampliar la delegación y que con un poco de suerte dejaría de quemarse los pulmones con la puta pintura y le darían un puesto de supervisor.
Mi hermano pequeño me contó que gracias a su suegro se iba a incorporar en breve a una empresa de ámbito nacional especializada en ferralla, es decir, en meter el hierro al hormigón en su más tierna y jodida infancia. Todavía no sabía que ese favor le iba a costar dos hernias discales para toda la vida y por eso estaba contento y agradecido a su funeraria mujer.
Los amigos y vecinos de mi padre nos dieron el pésame como si les pesara de verdad y aquello no duró más que una miasma flotando sobre la sabiduría popular de que todo jodido vivo acaba en el hoyo y menos mal que la familia parecía poder comprarle un buen ataúd, aunque utilizaran el mismo nicho, el de mi madre ya corrupta y enhuesada, aunque lo cierto es que nunca supe qué cojones hicieron con sus resecos huesos.
Lo cierto es que todos los hermanos salimos de aquella experiencia como verdaderos desconocidos y no volveríamos a vernos más que en ocasiones similares y con la misma celeridad.
El hilillo de sangre que me mantuvo atado a ellos hasta entonces se disolvió y sólo quedó un reguero de incomprensión y resentimiento por lo que habíamos vivido juntos y por lo que nunca llegaríamos a vivir.
Yo me dije: la vida debe ser así. Y nunca me molesté en averiguar si podía ser de otra manera, no con ellos.
Además estaba muy ocupado en acomodar sillares y bibliografías en mi nuevo despacho de licenciado. Finalmente fue un puesto bastante importante en una esfera de las relaciones humanas que para mí había sido casi desconocida, si exceptuamos algunas bajas que me habían llegado en otra época y que poco tenían que ver con esa nueva era de control totalitario.
Me convertí en un técnico de control y prevención de la drogadicción en un territorio que me responsabilizaba de mi municipio en un principio, pero que en realidad, como aprendí más tarde, ocupaba toda la Nación.
En serio, toda una enorme y nacional responsabilidad.

hipocresía

“El sistema de la representación democrática es el de la hipocresía y el de la eterna mentira. Su existencia se apoya en la ignorancia del pueblo y todos sus triunfos se basan en ella”.

BAKUNIN

MEMORESCENCIAS 38

Mi padre murió la misma noche que nació mi segundo hijo, reconocido. Esta vez no queríamos riesgos. Apostamos por el parto oficial, en el hospital, aunque llorara al nacer, ya se le pasaría. Estaba con la pelirroja inglesa, acompañando sus dolores diafrágmicos, la anarquista pegada a su cabecera, cuando me avisaron que mi padre estaba muy mal y solicitaba mi presencia. Todos en el mismo hospital, sólo tenía que bajar a la primera planta, la de los terminales.
Cuando llegué se iba por momentos. Soltaba sus flemas y sus esputos entre estertores de perro rabioso y se desvanecía del esfuerzo. Pero me reconoció al entrar y me pidió que me sentara en la cama a su lado, pues su voz era casi un susurro y quería contarme algo.
En África se había portado mal, había matado moros y violado niñas, y a veces había matado moros sólo para violar a sus hijas.
Había fumado hachís y kify y todo lo que pillaba, y así, entre risas y colocones con los camaradas, habían cometido atrocidades.
Dios le había castigado por eso, con su enfermedad, pero sobre todo por lo de su hija, porque no se puede tratar a una hija como si fuera una puta, aunque ella se notaba que gozaba también, la muy zorra, y cada vez que se la follaba sentía que se ponía peor, que su enfisema se agrandaba y no dejaba de toser en tres días.
No me extraña que no venga a verme, la muy puta, me comentó, pero al menos espero que venga a mi entierro y me perdone para poder liberar mi alma. Si me perdona ella, me perdonarán todas las demás. Díselo, hijo, tú que siempre te has llevado bien con ella.
Y ahora ve con el nieto que está a punto de nacer y déjame morir en paz. Mira cómo son las cosas, una vida por otra. Espero que le vaya mejor. Hala, lárgate, lárgate de una puta vez y déjame morir solo, como me merezco, porque he sido un hijoputa follador toda mi vida, siempre en pecado, déjame rezar y reconciliarme con dios.
Pero, papá, también trabajaste como un cabrón y sacaste adelante una familia. Tu hija está bien ahora, ya te perdonará, y los demás nos vamos arreglando...
Qué sabrás tú, a la hora de morir sólo te vienen los remordimientos, ojalá nunca tengas que pasar por ellos, sabes que eres mi hijo preferido, a pesar de esas... de esas mujeres con las que follas, todos juntos, a mi no me parece mal, pero no sé si dios... bueno, hala, hala, a tomar por culo, déjame sólo de una puta vez, sólo quería confesarme y ya sabes que odio a los malditos curas, me viene de familia. Adiós, hijo, cuídate mucho, sobre todo de la gente, que es muy mala...
Salí de la habitación mientras sufría otro ataque de toses y estertores. Me acerqué para ayudarle, pero me señaló la puerta con la mano.
Cuando regresé al quinto piso la pelirroja ya tenía cinco centímetros de dilatación. Pronto la llevarían al quirófano. La rubia la acariciaba y le ayudaba con el ritmo respiratorio. Se miraban y yo veía en sus ojos el mismo sufrimiento.
Es muy posible, por las notas de enfermería, que uno naciera mientras el otro moría, o con apenas un intervalo de segundos.
La muerte se renueva siempre, o eso esperé en ese momento, mientras pensaba en la renovación de todos mis muertos, de todos los que me había quitado de en medio entre horrendos estertores y orgasmos maravillosos.
Y pensé en matar de nuevo, en matar algo bello y seductor esta vez, en matar por sentir, en matar por matar, en matar por vivir.

miércoles, 23 de julio de 2008

vivencias

“Entre lo que deseamos vivir y el intrascendente ajetreo en que sucede la mayor parte de la vida, se abre una cuña en el alma que separa al hombre de la felicidad como al exiliado de su tierra.” (La resistencia)

MEMORESCENCIAS 37

No eran buenos tiempos para la lírica. La traición de los partidos de izquierda tradicionales que habían salido victoriosos de la transición y que en poco tiempo llegarían a gobernar, creó una multitud de ciudadanos desencantados, desentendidos o simplemente cabreados con la política.
La alineación de dichos partidos con la socialdemocracia alemana uno y con los eurocomunistas franceses e italianos el otro, terminó con cualquier esperanza ideológica para combatir el poder de la Banca y las Corporaciones y evitar que el Estado fuera un mero garante legitimador de las mismas.
El Tejerazo acojonador, una de las mejores payasadas de nuestra historia, asentó la Monarquía y la convirtió en intocable, a la vez que los pactos de la Moncloa dejaban a los trabajadores en pelota viva gracias a la aquiescencia de los sindicatos filiales de dichos partidos de izquierda.
Para equilibrar un poco la situación, surgieron poco a poco movimientos independientes juveniles que intentaban llenar el vacío político extraparlamentario. A saber: la insumisión al servicio militar, es decir, a la puta mili, la ocupación de viviendas vacías, sobre todo grandes superficies capaces de acoger a comunidades de ácratas y artistas con ganas de promover una nueva cultura alternativa, el movimiento de los homosexuales y las parejas de hecho reclamando los mismos derechos que heterosexuales y casados oficiales, etc.
Nosotros éramos profesionales de clase media que no encajábamos en ningún sitio. Si era difícil que la sociedad aceptara los derechos de estos movimientos, podéis imaginar lo que sería aceptar un trío de "amontonados" burgueses, y además criando hijos en su seno.
Procurábamos mantener nuestra relación en secreto, pero en el vecindario era imposible. Todos estaban pendientes de nosotros. No teníamos amigos, la familia nos fue dando la espalda lentamente, como si fuéramos leprosos, avergonzados de nuestro proceder, o envidiosos de él, para el caso lo mismo.
Todo eso iba mellando nuestros cimientos y a pesar de los parches que íbamos poniendo, cada vez sentíamos más la tensión exterior y era más necesario dedicar un tiempo precioso, que sentíamos arrebatado por la corriente de puritanismo que nos invadía, a desarrollar técnicas de autoestima y validación de nuestros compromisos amorosos y económicos que de otra manera podrían haber ido viento en popa sin una gran dedicación.
En unos años llegaríamos a ser uno de los países más avanzados del mundo en materia legal sobre sexualidad y convivencia libres, pero de aquella la política norteamericana de ultrapuritanismo proveniente de las iglesias anglicanas y los católicos fundamentalistas que allí habían devorado la revolución sexual de los sesenta, sus drogas y sus flores, soplaba aquí con fuerza huracanada, promovida por el cine americano, sus series televisivas y la prensa del opus, que aún hoy llega a cada rincón del país mediante la prensa local y regional.
En fin, vivíamos en una especie de isla, perdíamos algunos clientes intolerantes que se enteraban de nuestra situación, pero aún así los negocios iban bien y mis oposiciones para un puesto de licenciado en trabajo social prometían dar sus frutos gracias a mi esfuerzo y a las relaciones de la psicoanalista con una antigua colega universitaria que trabajaba para el ayuntamiento y tuvo acceso a los temarios del examen.
Y es que dios aprieta pero no ahoga, je, je, je...

sábado, 12 de julio de 2008

respeto


"El derecho es para cada uno la facultad de exigir de los otros el respeto a la dignidad humana en su persona."


MEMORECENCIAS 36

Había un acuerdo tácito de practicar el sexo los tres juntos, sobre todo a la hora del reposo nocturno, pero era inevitable e incluso existía cierta tendencia, cierta búsqueda posiblemente motivada por una costumbre anterior en nuestras vidas, a realizarlo en pareja a la más mínima oportunidad.
Y tácitamente también, esos actos que cometíamos con cierto sentido de la culpabilidad por la rotura triangular, no se mencionaban nunca entre nosotros. Era como si no existieran.
Sabía que ellas se habían convertido en amantes nada más conocerse y estaba seguro de que continuaban aprovechando mis ausencias para hacer el amor, las dos solas, victoriosa Afrodita ofreciéndoles los más exquisitos placeres lésbicos, el deleite de sí mismas en el espejo del placer.
De modo que nuestra culpa era muy pequeña, casi metafórica, y el triángulo se abría una y otra vez, sin rigideces, sin que ninguno de los tres se molestara en reclamar un equilátero imposible de conservar en la praxis.
Follar con nube blanca era como envolverse en las suaves turgencias de una piel algodonosa que te llevaba al cielo. Casi siempre lo hacíamos en la cama, aprovechando alguna ausencia de la psicoanalista. Como mucho sobre la alfombra de la chimenea eléctrica, en el invierno. Yo estaba concluyendo mi licenciatura, la vida prosperaba, y un día le pregunté si deseaba tener otro hijo, el pequeño ya iba para dos años y distanciarlos mucho equivalía a despojarlos de un amigo de juegos, a los pocos años se verían distantes y con inquietudes abismales que los separarían ineludiblemente.
Ella lo deseaba, pero quería antes alcanzar la suficiente solidez con la academia de inglés, como para nombrar una sustituta responsable, pagarle un buen sueldo y dedicarse a sus quehaceres maternales durante una buena temporada. Disfrutar de sus hijos y verlos crecer a tiempo completo, no como ahora, que apenas estaba con su hijo el rato de bañarlo y meterlo en la cama.
Yo era quien más horas pasaba con él, en aquellos días, debido a que mis clases en la universidad me dejaban muchos huecos libres. Comprendía las razones de la inglesa y esperé pacientemente a que ella decidiera.
También la psicóloga le dio la razón cuando lo hablé con ella. Son cosas que deciden las madres, ahí no nos podemos meter, me contestó.
El sexo con la anarquista era desinhibido y casi violento. Lo hacíamos en cualquier esquina de la casa, de pie, o le levantaba las faldas mientras miraba por la ventana abierta, apoyada en el alfeizar y le daba una galopada entre paciente y paciente mientras ella reprimía sus gemidos a la vista de los viandantes desde el cuarto piso. Más de una vez me he reído solo al pensar en aquellas arreboladas mejillas y esa respiración entrecortada aún con que recibía a algún cliente hundido en sus neurosis. ¿Se fijarían, o estarían demasiado preocupados por sí mismos como para percibir lo que sucedía a su alrededor?
Pero lo que más me gustaba era encontrarlas a ellas, siempre a la noche, con el peque acostado, los negocios cerrados y esa paz total que se posa protectora sobre un hogar sin crisis.
Y sin ninguna culpa, los tres, tan cercanos, cerrando ese triángulo que nos protegía del mundo y sus miserias.
Bocas, vaginas, culos, clítoris y pene se fundían y confundían hasta el éxtasis durante un tiempo interminable. Ellas me enseñaron a controlar mi orgasmo y disfrutarlo largamente, siguiéndoles el ritmo, aunque a veces el frenesí, el de ellas, ambas multiorgásmicas, o el mío propio, brotaba a su antojo y provocaba velocidades de vértigo que todo disparaba. Gozar por gozar, envidia de los dioses.

martes, 8 de julio de 2008

utopías


“Y en la búsqueda de lo imposible es que el hombre ha realizado siempre lo posible; aquellos que se han limitado prudentemente a lo que les parecía posible, nunca han avanzado más de un paso”


Bakunin

lunes, 7 de julio de 2008

MEMORESCENCIAS 35

Por supuesto. También yo me preguntaba por qué. Pero es como preguntarle al huracán por qué ruge y destroza, a fin de qué, quién cojones ha convocado su fuerza y su afán de destrucción. Y preguntarle, además, por qué goza con ello.
En realidad nunca me lo había planteado seriamente. Yo era como era y se suponía, o al menos yo así lo entendía, que no era un hijoputa que se iba cargando a la gente para allanar el camino y echarse una buena corrida.
Llegué a interiorizar que ese era mi destino, el de una especie de héroe exterminador, y que si de alguna manera pudiera llegar a ser otro, ya no sería yo. Y eso me daba vértigo, una especie de pánico a caer, a permitir que el suelo se abriera bajo mis pies.
Mi vida, al margen, era una verdadera maravilla. Gozaba del amor de dos mujeres que para mí eran el agua y el cielo, un oasis en pleno desierto de mezquindad y desamor. Yo ponía la arena, inconsistente al fin, pero que lo hacía habitable y firme ante los vientos que intentaban barrerlo todo a nuestro alrededor.
Inesperada y gélida comenzó a brotar de mis abismos esa otra cara inconfesable que jamás me había provocado pesadilla alguna.
Una segunda vida, o mejor dicho episodios de mi vida que me pertenecían sólo a mí y que eran totalmente ajenos a mi moral, a mi política, a mi manera cotidiana de enfrentarme al mundo, porque jamás nadie la percibió en mí, ni yo di lugar a percepción alguna de violencia o ausencia de ternura y compasión por mis semejantes.
Pero como un apéndice que invisiblemente se va cargando de inmundicias hasta pudrirse e infectar tu cuerpo, habría de extirpar con el paso del tiempo esa parte de mí que ni siquiera sentía que me pertenecía, pero que en un momento no lejano reventaría hasta corromper mi interior y convertirlo en un maldito vertedero incapaz de sentir la vida y el amor y hasta la más mínima señal de pervivencia.
Ese día, el día que me vi necesitado de contarle a alguien esa segunda vida, lo hice con la persona a quien yo más quería. Y ese día, que sería en breve tiempo, a pesar de toda su elocuente comprensión, el inicio de mi exilio y mi mayor caída, fue a la vez el día de mi liberación, pues desde hacía tiempo, debido a mis miserias liberadas, el hermoso triángulo de amor, ya no existía.

crisis

“La fuerza motora de la crisis es el impulso hacia la libertad, la fuga recíproca del capital y del antitrabajo, la repulsión mutua del capital y de la humanidad. El primer momento de la revolución es puramente negativo”

MEMORESCENCIAS 34

La belga resultó ser una chica estupenda, con un montón de mundo, había conocido toda Europa ejerciendo la prostitución, pero con la cautela siempre de no amarrarse a ningún chulillo que le parara los pies de peregrina y le vaciara el bolso pecador. Hasta que conoció a mi hermano mayor y se enamoró de su arte torero y su alma de compadrito arrabalero. Y una vez parados, sus pies, pues dónde mejor que en su propio país, donde conocía gente y tenía familia y podía enderezarlo un poco, sin forzar, pues era sabia y no iba a caer en el error que cometen la mayoría de las mujeres.
Simplemente le dijo que no pensaba trabajar más la calle ni el puticlub y que más le valía pasarse por el taller de pintura de automóviles que tenía un tío suyo a cuatro manzanas de allí, a la mañana siguiente, o si no coger el tren para el pirineo por la tarde.
Y así fue como mi hermano comenzó su carrerón, pues dio la casualidad de que estaba dotado para las mezclas de colores y el manejo de la pistola neumática, quién se lo hubiera dicho a él, que sólo había manejado con maestría las armas blancas.
De eso y otras cosas parecidas hablamos cuando nos juntamos toda la familia a mi llegada, o mejor dicho, a la llegada del trío, un pintoresco formato que no terminaban de aceptar pero que con el tiempo se fundió para ellos como un divino misterio, los tres en uno.
La única que no acudió fue mi hermana, con algún pretexto inconsistente pero siempre comprensible para nosotros, para casi todos nosotros. Para los demás nunca hubo nada que explicar, como no se explican las muertes prematuras de los seres queridos que están bajo el cuidado familiar. Sencillamente, era como tenía que ser. La niña se había hecho mujer y la mujer no perdona. Sólo la vería en el entierro de mi padre, sola, un par de años después, durante una breve aparición para dejar un ramo sobre el ataúd. Nos miramos a la cara y no supimos ni qué decirnos. Al final le pregunté, en un murmullo y cuando casi se iba, ¿qué tal el economista, se porta bien? Siguió su camino y no volvimos a vernos en la puta vida, ni de casualidad, ella se movía por otros mundos y entre nosotros no habían quedado ni las cenizas.
Mi hermano pequeño sí acudió a la cena, en un restaurante de las afueras, acompañado de una joven muy bonita, aunque de aspecto funerario. No tardarían en casarse, antes de la muerte del viejo.
Los niños de la puta belga eran casi rubios y de ojos azules. Desentonaban un poco, como para dejar a un padre receloso, pero bastaba mirar aquella mujer medio germánica, con un poderío capaz de aniquilar cualquier orden genético contrario, para darse cuenta de que sólo había sido un mero accidente. Y además, si les mirabas de cerca a los ojos, a los niños, se les veía en la pupila el reflejo del filo de alguna navaja albaceteña rasgando el azul.
El viejo respiraba mal, pero comió bien y se lo pasó de puta madre. Sería en realidad la última vez que nos viera a todos juntos y disfrutara con ello, pues el estrecho hilillo de sangre alcanzaría en el futuro, a medida que nos conocíamos y nos distanciábamos con la edad, poco más que para juntarnos en hospitales y velatorios.
Cuando murió mi padre nunca más celebramos juntos las navidades.

sábado, 5 de julio de 2008

leyes

“Es evidente que las leyes escritas no se parecen, ni por el forro, a las leyes naturales. ¡Valiente majestad la de esos pergaminos viejos que cualquier revolución quema en la plaza pública aventando las cenizas para siempre! Una ley que necesita del gendarme usurpa el nombre de ley. No es tal ley: es una mentira odiosa”

jueves, 3 de julio de 2008

MEMORESCENCIAS 33

Lo esperé a la salida del gimnasio, un poco de ejercicio matinal para estar en forma y huir de la pasma si le pillaban con la droga encima. Un par de manzanas más abajo, en una angosta intersección con la Gran Vía, tenía su guarida en una pensión de mala muerte y peor reputación.
Hacia allí se dirigió para dejar la bolsa y recoger algunas papelinas de coca, que seguramente escondería en algún roto del colchón o bajo alguna tabla del viejo piso de madera, y que intentaría vender a la hora del vermut, en las cafeterías de pijos.
El cabronazo tenía una envergadura similar a la mía, era corpulento y de mi estatura, puede que un poco más alto, y además tenía toda la pinta de no tocar la droga y encontrarse en plena forma.
Fue uno de mis asesinatos mejor planeados, pues corría el peligro de convertirme en cazador cazado. Llevaba un par de días observando sus movimientos y llegué a la conclusión de que el momento y el lugar elegidos eran los propicios si lograba sorprenderle y no le daba tiempo a reaccionar.
Me disfracé de yuppie, con un buen traje americano de color crema y una corbata a juego, el pelo hacía atrás, engominado hasta la parálisis total, ni un huracán sería capaz de levantarlo.
Unas rayban de sol y unos zapatos de piel completaban la producción estética.
Disculpa, pero un colega del gimnasio me ha dicho que manejas bien la farlopa, necesito papelinas para una fiesta, buen material, que la cosa va de negocios y tengo que quedar como un campeón, le solté a la vez que me quitaba las gafas y le miraba fijamente a los ojos.
Dudó un poco, me miró con cara de asesino, pero la tajada se vislumbraba exquisita y aquel tipo conocía a todos los secretas de la zona que le estaban tocando las pelotas.
Esas mariconas del gimnasio son unos bocazas, pero creo que me caes bien. Eso sí, te va a costar un huevo, amiguete, porque además tengo lo que necesitas, prácticamente sin cortar.
Muy bien, ¿llegará con esto?, le dije al camello mientras esgrimía un fajo de billetes de cinco mil que no había visto juntos en su puta vida.
Creo que tú y yo vamos a hacer buenos negocios. Sígueme, colega, es aquí al lado.
Nadie nos vio subir. Llegamos al primer piso por la estrecha escalera. Yo iba detrás, con las manos en los bolsillos de mi pantalón de tergal.
Cuando abrió la puerta saqué de cada bolsillo un destornillador que llevaba clavado en ellos al fondo de la tela, con la punta esmerilada y rozándome casi las rodillas. El de la izquierda se lo clavé en la espalda, por debajo de la paletilla, a la altura del corazón. El otro bajo la nuca, antes de que se diera la vuelta. Hubo un momento en que sentí todo su peso colgando de las empuñaduras, pero en seguida le metí una patada en la espalda y cayó de bruces contra la zapatera del recibidor.
Se armó algo de ruido cuando cayeron el florero y un par de ceniceros al piso, pero a él lo sujeté por los hombros y lo posé suavemente en el suelo, con el pecho sobre las tablas. Luego cerré la puerta, saqué la polla y me corrí sobre su camiseta deportiva, esta vez no me iba a correr encima. No llegué a verle la cara, pero lo imaginé aún sonriente, como si no hubiera existido tránsito alguno entre aquel buen negocio y su inesperada muerte. Saqué una petaca de licor que llevaba repleta de gasolina en el bolsillo interior de la chaqueta, limpié con ésta los destornilladores, los cuales volví a guardarme en los bolsillos, la arrojé junto con la corbata sobre su cuerpo y vertí sobre ello el líquido inflamable.
Luego le prendí fuego con una caja de cerillas que me habían regalado en un bar de la zona y salí del edificio tranquilamente, con mis gafas de sol, el pelo un poco revuelto y mi nuevo estilo de sport.
Aquella vieja pensión muy pronto se convertiría en un infierno.

martes, 1 de julio de 2008

pendular

“La historia del pensamiento humano es similar a las oscilaciones del péndulo. Luego de un largo periodo de sueño ocurre un despertar y entonces se libera de las cadenas con las que los gobernantes, magistrados y clérigos la habían atado. Critica severamente lo que se le enseñara y desnuda la vanidad de los prejuicios religiosos, políticos legales y sociales. Investiga, va por caminos desconocidos, hace ricos descubrimientos imprevistos y crea nuevas ciencias”

Kropotkin

MEMORESCENCIAS 32

No me fue difícil introducirme en la red informática penitenciaria. Había hecho buenos amigos allí cuando estuve trabajando con los presos. Con la excusa de hacer un seguimiento de mis últimos pupilos y controlar el estado de su condicional y el movimiento de sus inquietudes más inconfesables, el gordo se fue a comer el bocata al comedor y me dejó solo con el monstruo, que por aquellas fechas eran aún bastante aparatosos.
En cuanto empecé a teclear fechas y nombres de víctimas y verdugos aparecieron los cuatro en la pantalla, con un pequeño historial, bien resumido pero suficiente: última actividad laboral, último domicilio conocido, familia, actividades de ocio, etc.
Dos de ellos habían muerto de sida, era la época de la jeringuilla compartida, que tan buena gente se había llevado también, y un tercero estaba en una silla de ruedas tras un accidente de automóvil en el que afortunadamente conducía solo y se había salido de la carretera sin joder más que un roble centenario que sólo llegó a mellar. Éste ya estaba prácticamente muerto, que le limpiaran el culo para el resto de su puta vida.
Quedaba el cuarto, que al parecer se había "reformado" y convertido en un pequeño intermediario de un capo cocainero gallego que estaba introduciendo en la capital la farlopa entre la clase media y los yuppies que empezaban a proliferar tras el repunte económico de los setenta y el apagón hippie, junto al retorno a casita de los burguesitos traviesos, hijos pródigos que serían recibidos por sus papás con los brazos abiertos, bien para concluir sus abandonadas carreras o para incorporarse inmediatamente a la dirección de sus empresas, como siempre habían soñado y esperado de sus hijos, unos vástagos que portaban su misma sangre salvadora de la patria y que tan sólo habían sido desviados momentáneamente por toda esa chusma bastarda de rojos y masones.
O sea, que ese sí, ese pagaría por todos. La policía lo vigilaba, pero en realidad esperaban pillar al gallego con un buen alijo y destapar la red de suministro, que suponían colombiana o boliviana.
Borré las huellas de mis andanzas en el ordenador y cuando llegó el gordo charlamos un ratillo, recordando los viejos tiempos, le dí las gracias y me largué.
Por lo demás, ya estaba a punto de concluir mi licenciatura y se estaba creando en el seno de la asistencia social un núcleo duro con el control sanitario ejercido por el Estado, parecía que algunos locos sueltos estaban generando graves problemas y urgía tomar medidas al respecto, pero todavía no me aclaraba bien con la cuestión, porque se estaban tomando decisiones bien encriptadas que los novatos no alcanzábamos a descifrar.
Ya llegaría el momento de ser uno de ellos, de los que dirigían el cotarro, y sentirte envuelto en las contradicciones que habrían de surgir, a nivel ideológico, algo que la anarquista había intuido desde tiempo atrás, de ahí provenía su fuga prematura, y que sería motivo de grandes controversias entre nosotros, como profesionales, controversias que también pondrían en peligro nuestra propia estabilidad.

lunes, 30 de junio de 2008

bomberos


"¡Yo soy un anarquista! Un anarquista en el sentido mejor de la palabra. La gente cree que anarquista es el que pone bombas, pero anarquistas han sido los grandes espíritus, como por ejemplo León Tolstoi."

Ernesto Sábato

MEMORESCENCIAS 31

La inglesa decidió abrir una pequeña academia, con capacidad para unas veinte personas en tres turnos durante la tarde, 16, 18 y 20 horas, para dar así margen a los alumnos trabajadores con diferentes horarios de salida. Prefirió hacerlo de manera autónoma, aunque le ayudamos un poco con el mobiliario y los avales crediticios, en especial la psicoanalista, pero ya nos lo devolvería en cómodos plazos.
La academia estaba situada en la misma calle, una ubicación privilegiada, y muy pronto comenzaría a rentar buenos beneficios.
La idea de mantener las mañanas libres surgió de la necesidad de cuidar el bebé, algo que nos repartiríamos entre los tres, así como las faenas de la casa. No queríamos contratar a nadie en el sector familiar, si bien en el profesional enseguida se verían necesitadas de ayuda para mantener el nivel de clientes que subía como la espuma.
Yo, por mi parte, no tuve ningún problema en retornar con mis paralíticos cerebrales y mis chicos down, porque había realizado un buen trabajo con ellos y el sueldo era casi simbólico, sólo quería mantenerme ocupado, no demasiado, para poder terminar mis estudios y cumplir como padre y como amo de casa.
Fue una época de experimentación en todos los terrenos, sobre todo en el sexual, y de asentamiento de una relación y una política económica que jamás habíamos desarrollado. Aunque en la práctica éramos capitalistas autónomos y teníamos bien diferenciadas nuestras posesiones, todos aportábamos un porcentaje de nuestros ingresos, más ganas, más pagas, hacia un fondo común, que iba creciendo y que podía servir de resistencia si alguno de los tres caía en desgracia.
Ese fondo debía incrementarse en dos puntos sobre el ipc todos los meses, ese era nuestro índice de crecimiento comunal, y si había excedente preparábamos un viaje de fin de semana o unas vacaciones, algo que resultaba muy estimulante, tanto para esforzarnos con nuestro trabajo como para anudar y reforzar nuestros lazos con buen tiempo de ocio y descanso compartido.
Yo aportaba una parte con mis ahorros y otra en créditos por resultados con las notas de la universidad. Si mis notas eran buenas, apenas debía aportar dinero.
Toda esta especie de normativa corporativa, fue el resultado de muchas discusiones y enmiendas, hasta que conseguimos ponernos de acuerdo y zanjar un asunto que al principio se planteaba bastante escabroso.
Hubo algunos cabreos, sobre todo de la rubia, que era quien se encontraba en mejor posición, pero al final prevaleció la cordura sobre la codicia y el amor sobre las ganas de echar a correr.
En fin, así fue como comenzamos esa nueva etapa de nuestra vida, un tanto delirante y desenfocada vista desde afuera, pero revolucionaria, funcional y solidaria una vez bien enfocada o vista desde dentro.

sábado, 28 de junio de 2008

tendencias

"La única alternativa es la utopía o el caos. (...) Los síntomas del desplome de la civilización se ven por todas partes y son bastante más agudos que los que se percibieron en los últimos años del imperio romano. Sin embargo, no todos estos síntomas son necesariamente patológicos. El mundo contemporáneo se ve afectado por dos tendencias opuestas: una que tiende a su destrucción social, otra que anuncia el nacimiento de una nueva sociedad."

MEMORESCENCIAS 30

Cuando nube blanca terminó su cuarentena, se planteó el hecho de concluir el triángulo en toda su dimensión y su capacidad de ser. Les dije, bueno, todo es cuestión de meternos en la cama y ver qué pasa, sin forzar mucho el resultado, hay más días. Entonces me sucedió algo para lo que no estaba preparado. Me contaron que mientras yo hacía con una y con otra lo que me parecía bien, buscando el equilibrio placentero o matemático, ellas se habían convertido en amantes y conseguido divinos orgasmos y un entendimiento sexual como de otro mundo, y que yo había pasado a ser mero catalizador de sus sensaciones.
En ese momento no supe si partirme el culo de risa o echarme a llorar como un tonto y salir corriendo de aquella habitación.
Pero antes de que tomara una decisión, me agarraron cada una de una mano y me invitaron a disfrutar el lecho con ellas.
Uno de mis miedos más callados, dentro de mi estrategia, y a pesar de haber compartido en el pasado otro triángulo, aunque tan diferente, se disipó en ese momento y gozamos los tres de la noche más hermosa que hubiéramos podido imaginar, los tres lo comentamos durante el desayuno de la mañana posterior. Una orgía de pequeñas dimensiones en cuanto a cantidad, pero tan intensa debido a nuestro amor, a nuestras conexiones vitales, que sería muy difícil de olvidar, la primera, porque luego vendrían tantas y tantas y no siempre de la misma manera pero jamás alcanzable cual la primera vez.
Todo ello serviría para cimentar ese gran edificio que en muchos años y ante tantas y tantas avalanchas de la puta vida se mantendría en pie, levantado más por nuestros sueños irrevocables y nuestras ilusiones imperecederas que por cualquier razón incalculable.
Mi pequeña e inconsistente estrategia para unir el triángulo había salido finalmente a la perfección, por supuesto gracias a ellas y a lo que había supuesto como definitorio: el amor entre ambas, la confluencia que en algún momento intuí como posible y que afortunadamente se materializó. Algo que surgió entre ellas y que superaba todas mis previsiones y que finalmente sería incapaz de controlar. Pero controlar, ¿para qué?
No me importaba en absoluto si lo que había creado sería en el futuro para lograr mi felicidad o para conseguir mi propia destrucción.

autorizaciones


"El anarquismo, porque no posee ni Academia, ni formación habilitante, ni Papa, ni grandes sacerdotes, ni Comité Central, autoriza a todo el mundo a hablar en su nombre".


Colson, Daniel: Pequeño léxico filosófico del anarquismo. 2001.

MEMORESCENCIAS 29

La ginecóloga inglesa no tuvo ningún inconveniente en realizar el parto en casa. Las últimas ecografías habían señalado que el bebé tenía una perfecta movilidad y que su posición uterina era inmejorable, sencillamente estaba preparado para salir. Lo haría en una bañera repleta de agua a su temperatura corporal, con lo que apenas notaría el cambio a este otro mundo más seco y agreste. Y de paso comprobaríamos, como de hecho ocurrió, que los niños, cuando nacen así, no lloran al hacerlo.
Las dejé trabajar a ellas y me dediqué a sacar todas las fotos que pude, algunas realmente hermosas.
Se sumergió en el agua, unido aún por el cordón umbilical, hasta que la madre se puso nerviosa y le sacó la cabeza para que empezara a dar sobre su pecho las primeras bocanadas de aire, como si lo hubiera hecho todos los días al salir de la piscina buceando.
Hubo un momento de emoción compartida cuando la ginecóloga cortó el cordón y le preparó el nudo del ombligo. De repente teníamos a un varón más en el mundo, totalmente independiente, aunque deberíamos ayudarle un poco durante los próximos años.
Realmente fue una experiencia maravillosa, algo que los servicios sanitarios deberían facilitar con mayor generosidad. Por el contrario, en la actualidad esas prácticas casi han desaparecido.
En fin, fueron pasando los días, la relación con mis mujeres se diversificó, me pasaba las noches follando con la anarquista y los días repartidos entre mis estudios y mis atenciones con nube blanca.
Había ahorrado en las plataformas petrolíferas el dinero suficiente para permitirme un año sabático o dos, pero mi intención no era hacer de emperador romano durante tanto tiempo.
Así que una noche que estábamos los tres con el niño en la misma cama y la mamá ya se encontraba mejor, les planteé el desarrollo final de mi estrategia.
Las academias de idiomas extranjeros, sobre todo de inglés, estaban floreciendo en España al compás de nuestra entrada en la comunidad europea y nuestra oferta turística cada vez más amplia, y existía la posibilidad de que nube blanca abriera su propia academia e incluso la de asociarnos con ella si deseaba algo un poco mayor. También podría dedicarse a la enseñanza pública, como ahora, pues con su experiencia no le iba a faltar trabajo en cualquier instituto o universidad. Podía elegir.
Viviríamos todos juntos en la estupenda vivienda-consulta de la psicóloga.
Yo terminaría mis dos años que me faltaban para concluir mis estudios de trabajo social, y entonces podría ponerme a la altura de aportar también un buen salario.
Vamos, una especie de comuna urbana, basada en el amor, el apoyo mutuo y la curiosidad por establecer nuevas formas de relación más abiertas y quizá más estimulantes y duraderas.
¿Qué me decís?, les pregunté...
Vaya, vaya, qué guardado lo tenías, ¿te parece normal que nos lo sueltes así, de sopetón?¿cuanto tiempo llevas preparando esto?, me espetó la anarquista.
Sí, dinos, ¿cuánto tiempo te lleva rondando esa idea la cabeza y tú sin decirnos nada?, me soltó nube blanca.
Yo me las quedé mirando, con cara de pregunta más que de respuesta, y al poco todos nos echamos a reír, hasta el bebé, probablemente al vernos a nosotros.
Nosotras también hemos hablado, a tus espaldas, cariño, y da la casualidad de que estábamos pensando lo mismo y no sabíamos bien como exponértelo a ti... ¡de modo que todo arreglado, vamos a celebrarlo, por fin puedo tomarme unos buenos güisquis después de tantos meses de abstinencia!
Y así fue como empezamos a preparar las maletas, tras la resaca del día siguiente, con la ilusión de tres niños que acaban de descubrir un juguete nuevo y maravilloso.

jueves, 26 de junio de 2008

metas

" Nuestra meta es llegar al estado ideal de perfección en donde las naciones ya no tengan que someterse a los designios del gobierno o de otra nación, lo que implica ausencia de gobierno, anarquía, la más alta expresión del orden. Aquellos que no creen que la tierra pueda prescindir de autoridad, no tienen fe tampoco en el progreso."

Elisée Reclus, geógrafo francés, miembro de la Primera Internacional

miércoles, 25 de junio de 2008

céline dixit

Así acaban nuestros secretos en cuanto los aireamos en público. Lo único terrible en nosotros y en la tierra y en el cielo acaso es lo que aún no se ha dicho. No estaremos tranquilos hasta que hayamos dicho todo, de una vez por todas, entonces quedaremos en silencio por fin y ya no tendremos miedo a callar. Listo.

MEMORESCENCIAS 28

Los cuatro hijosdeputa que violaron a mi rubia eran menores de edad, penal. Los metieron en un reformatorio y se declararon insolventes, con la misma insolvencia de sus padres, unos porque jamás llegaron a reconocerlos y otros porque estaban en el paro o en la trena o en casa de la puta que los parió. Total que los menores lo liquidaron con un par de años y los mayores con un par de años más cuando llegaron a la edad penal. Justicia.
Barriobajeros desalmados sin educación ni sentido de la responsabilidad con el respeto por los demás.
La sociedad tiene una parte de culpa al generar en su seno elementos de ese calibre, pero el que nace para joder y hacer daño es como si lo llevara grabado en los genes, porque conozco a un montón de gente de su mismo origen, con un montón de problemas económicos y emocionales, a los que jamás se les ocurriría tamaña atrocidad.
Y ahora que volvía a amar con tanta intensidad y doblemente, lo primero que se me pasó por la cabeza, desde Londres, desde aquella llamada que me dejó para siempre añadido a su vida, fue investigar las suyas y acabar con ellas, aunque ya ni siquiera se lo merecieran, ni lo recordaran, porque nadie puede entrar así en la vida de otro, jodérsela para siempre y alcanzar la paz.
Ellas tardarían poco en conocer mis planes, los del triángulo, los otros jamás, aunque nube blanca se preguntaba, lo leía en sus ojos, el porqué de mis estudios claramente destinados a mi país de origen.
Supongo que prefería pensar que estaba fraguando mi retirada si algo salía mal, pero nunca se atrevió a planteármelo en serio. Desconozco sus razones, supongo que ni siquiera ella misma querría pensar en ello, porque nuestra relación no tenía fisuras y ella era lo suficientemente fuerte como para afrontar lo que se le viniera encima, simplemente si seguía a su lado con el deseo de alcanzar la eternidad, algo que intuía en nuestro destino, no sólo como madre, sino por el amor que yo le profesaba, nube blanca sería desde entonces, desde su serena y tácita aceptación de mi otro amor, la única persona a quien jamás sería capaz de abandonar. Un amor maduro, un amor de hombre, que su manera de ser haría más fácil y ligero con el paso del tiempo. Nunca me exigió nada, tan sólo se entregaba y recibía lo que yo humildemente, pues bien sé que nunca estuve a su altura, le podía ofrecer.
Toda mi estrategia, en la que ella siempre estuvo incluida, como madre de mi hijo que llevaba dentro y de los que vendrían después, la discutiríamos en un futuro no lejano, los tres, y acabarían ambas concediéndome, si no la razón de mi oscurantismo, sí la de mi racionalidad y mi amorosa intención.
Es fácil soñar un mundo, pero no tanto hacerlo realidad.
Y aquellos cabronazos, a los que era tan difícil identificar y seguir sus huellas a través del olvido, acabarían bajo mis garras con el paso de unos pocos años y la ayuda de la informatización y el acceso a ella que me iba a proporcionar mi nueva profesión en el futuro.
Ay, ateo de mí, que dios los pille confesados.

martes, 24 de junio de 2008

MEMORESCENCIAS 27

Cuando le conté a nube blanca lo que le había sucedido a mi novia anterior, la psicóloga, sintió por ella una infinita tristeza. Me culpó, por haberla abandonado de esa manera, pero le expliqué que fue su falta de sinceridad y no su incapacidad para ser madre lo que me llevó a dejarla.
Todas las mujeres tenemos derecho a un poco de misterio... y a unos cuantos secretos inconfesables. Sois unos burros, los hombres. Invítala, por supuesto, aún está a tiempo de compartir con nosotros la experiencia, no creo que tarde menos de una semana en dar a luz. Y que se quede aquí el tiempo que quiera, el que necesite. Puede que además nos ayude a los dos su compañía en este nuevo cambio.
Esas fueron sus palabras. La verdad es que no esperaba menos de una mujer como ella. La besé con ternura, primero en la boca y luego en el vientre, le dije que era maravillosa y que tenía toda la razón. Me disculpé alegando mi juventud e inexperiencia, unido todo ello, para ser sincero, a mi deseo ya lejano de ser padre.
La cuestión quedó zanjada y esa misma noche llamé a la rubia y le propuse la idea, aunque en realidad ya la había bosquejado en mis últimas cartas desde el mar del norte. Le rogué que viniera, que nube blanca estaba de acuerdo y que pillara todas sus vacaciones posibles para estar con nosotros y compartir aquellos momentos como una familia, como si el niño fuera de los tres.
Se echó a llorar, sentí por teléfono como se derrumbaba, y cuando se calmó un poco apenas le quedaban más palabras que agradecérnoslo y decir que en dos días estaría con nosotros, sólo tenía que derivar por el tiempo necesario a unos cuantos pacientes hacia otros colegas y cambiarle la fecha a otras consultas menos acuciantes.
Ya más calmada me preguntó qué tiempo hacía en Londres y le recomendé que, aunque comenzaba el verano, trajera algo de entretiempo y ropa interior interesante pero no demasiado complicada de quitar.
Ahora reía y me llamaba de todo, pero sobre todo me decía que me amaba cada tres palabras y al final que esperaba que nadie resultara dañado en aquella experiencia que íbamos a vivir.
Mi querida ácrata, ya somos mayorcitos y va siendo hora de que desarrollemos algunas teorías que se nos han quedado a los tres esperando en la puerta trasera, tristemente olvidadas. Déjame hacer a mí, sé cómo tratar esto, te aseguro que todo depende de la empatía y el cariño que seáis capaces de desarrollar entre vosotras dos.
Nos despedimos con un pásame la hora y el número de vuelo en cuanto tengas el billete y un sonoro beso en el auricular. El tiempo haría el resto, junto con mi estrategia.
Luego continué estudiando los libros que la uned, la universidad a distancia, me había enviado para sacar mi licenciatura española en trabajo social. Había suspendido un par de asignaturas y debía recuperarlas en septiembre. El trabajo en la plataforma no me había dejado demasiado tiempo, con el añadido de la preparación práctica del ingeniero que venía a sustituirme.
Pero ahora estaba en casa, en mi hogar, y tenía tiempo suficiente para estudiar sociología y para estudiar la forma de ampliar mi familia y mi felicidad.
Se habían acabado las plataformas, había cancelado en mi interior la necesidad de la soledad.

céline dixit


La miseria persigue tenaz y minuciosa al altruismo y las iniciativas más amables reciben su castigo implacable.

caos y orden


El caos es un orden superior, aún por establecer.

lunes, 23 de junio de 2008

delirios


Algunos delirios de hoy serán las soluciones del mañana.